Así pues, se puede decir que no he tenido problemas de integración ni confianza estando entre mujeres, ya sea individualmente o en grupo, ya sean de la tendencia sexual que sean.
A nivel de grupos heterogéneos heterosexuales, aunque no tengo problemas a nivel virtual, a nivel presencial es más complicado, especialmente por las reacciones que puedieran haber del género masculino (en general). Quizás la realidad fuera diferente, pero este paso aún lo tengo que dar y comprobar.
Y con hombres a solas pues han habido cientos de oportunidades de quedar, pero cuando llevo cinco minutos hablando con ellos, en seguida sale a relucir tema sexual de uno u otro modo. Dado que mi intención es solo amistad e integración con la sociedad, pues ello hace que no haya acabado de decidirme a quedar con ninguno.
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sábado, 2 de abril de 2016
miércoles, 23 de marzo de 2016
IX. Cambio de enfoque
Pasados estos meses, casi año, de dudas, decidí no pasar más fines de semana enteros en su casa. No me sentía pleno y feliz con esta nueva situación, y por tanto, no podía forzar situaciones no deseadas para mi mente y mi psique. Así que comencé a quedarme cada vez en mi casa, y dado que ella cada vez me requería menos, al final se acabaron convirtiendo en fines de semana enteros.
Ante esta clara perspectiva, decidí por ampliar horizontes. Comencé a apuntarme a webs de travestis, para ver si así conseguía salir del pozo en el que me encontraba. Pero no me acabó de satisfacer del todo. Normalmente también muchas de ellas/ellos estaban con problemas, de uno u otro tipo, siempre relacionado con su travestismo claro está. Y esto unido al hecho de que había mucho de sexo camuflado per medio, y al modo en que el género masculino nos trataba en general, me hizo pensar que éramos como una secta, o al menos así se nos podía ver por cierta parte de la sociedad.
Mi interés no era que me vieran como un elemento formando parte de un segmento concreto de la sociedad, sino como una persona más dentro de la sociedad, integrada en ella. Es por ello que me comencé a inscribir a alguna web y chat de amistad general como persona que se trasviste. El problema surgía a la hora de tener que registrarme como hombre o mujer, dado que estas webs de carácter general sólo dan estas dos opciones. No me quedaba más remedio que acabarme inscribiendo como hombre (alguna vez como mujer) pero con nombre femenino. Creo que es algo que todos estos lugares virtuales de sociedad deberían cambiar, ya que falta un tercer género.
En general, me sentía bien aceptado en esta situacion por la gente con quienes compartia foros o mensajes. Incluso llegué a quedar con un par o tres de mujeres, por separado, en un cara a cara para conocernos y tomar algo. Lástima que nunca volví a repetir con la misma por circunstancias varias, ya que podría haber sido una buena manera de sentirme algo integrada. El hecho de que me trataran como mujer desde un principio, sin connotaciones sexuales por medio, me hizo elevar la autoestima y a sentirme mejor. Sin embargo nunca me presenté en un encuentro de grupo travestido, porque estaba seguro que crearía incomodidades a más de una persona, e indirectamente me incomodaría a mí. Y soy persona discreta y que me gusta pasar desapercibida, y sé que sería el centro de varias miradas y así no estaría a gusto.
Así, que si presencialmente sólo me he interrelacionado con alguna mujer, en grupos heterogéneos no lo he hecho aún y creo que me costará hacerlo, todo y que virtualmente ya estoy totalmente integrado como persona travesti en dichos grupos.
También me inscribí en un grupo de lesbianas, con algunas de las cuales hice cierta amistad virtual en un principio, pero no encontramos fechas de coincidencia con algunas de ellas en particular para vernos. A nivel de grupo sólo quedé una vez con ellas, y me sentí muy bien acogida y aceptada. Eramos unas veinte chicas, de ellas solo yo travesti, y eso me hizo sentir un poco nerviosa al principio por verme algo diferente a ellas; pero poco a poco me fui asentando e integrando, y acabé la noche con ganas de repetir.
Lamentablemente, por cambios de miembros en los grupos y evolución de los mismos y la situación personal de cada integrante, no ha sido posible que haya podido repetir. Algunas se han emparejado, otras desparecido..... pero algún dia espero volver a coger confianza con algunas de ellas y repetir encuentros.
Después de este penúltimo encuentro, el último tuvo lugar con una amiga en una localidad de la costa levantina donde pasamos 24 horas, de las cuales buena parte de ellas yo como mujer saliendo y entrando con naturalidad del hotel en donde teníamos la reserva y pasando una tarde-noche de paseo y cena por dicha localidad. Interactuando y relacionando con la gente de la calle con que íbamos cruzando. Un buen ejemplo de naturalización de mi situación en la sociedad, no habiendo sido necesario quedar con algun grupo de travestis, lesbianas, etc, para salir.
Ante esta clara perspectiva, decidí por ampliar horizontes. Comencé a apuntarme a webs de travestis, para ver si así conseguía salir del pozo en el que me encontraba. Pero no me acabó de satisfacer del todo. Normalmente también muchas de ellas/ellos estaban con problemas, de uno u otro tipo, siempre relacionado con su travestismo claro está. Y esto unido al hecho de que había mucho de sexo camuflado per medio, y al modo en que el género masculino nos trataba en general, me hizo pensar que éramos como una secta, o al menos así se nos podía ver por cierta parte de la sociedad.
Mi interés no era que me vieran como un elemento formando parte de un segmento concreto de la sociedad, sino como una persona más dentro de la sociedad, integrada en ella. Es por ello que me comencé a inscribir a alguna web y chat de amistad general como persona que se trasviste. El problema surgía a la hora de tener que registrarme como hombre o mujer, dado que estas webs de carácter general sólo dan estas dos opciones. No me quedaba más remedio que acabarme inscribiendo como hombre (alguna vez como mujer) pero con nombre femenino. Creo que es algo que todos estos lugares virtuales de sociedad deberían cambiar, ya que falta un tercer género.
En general, me sentía bien aceptado en esta situacion por la gente con quienes compartia foros o mensajes. Incluso llegué a quedar con un par o tres de mujeres, por separado, en un cara a cara para conocernos y tomar algo. Lástima que nunca volví a repetir con la misma por circunstancias varias, ya que podría haber sido una buena manera de sentirme algo integrada. El hecho de que me trataran como mujer desde un principio, sin connotaciones sexuales por medio, me hizo elevar la autoestima y a sentirme mejor. Sin embargo nunca me presenté en un encuentro de grupo travestido, porque estaba seguro que crearía incomodidades a más de una persona, e indirectamente me incomodaría a mí. Y soy persona discreta y que me gusta pasar desapercibida, y sé que sería el centro de varias miradas y así no estaría a gusto.
Así, que si presencialmente sólo me he interrelacionado con alguna mujer, en grupos heterogéneos no lo he hecho aún y creo que me costará hacerlo, todo y que virtualmente ya estoy totalmente integrado como persona travesti en dichos grupos.
También me inscribí en un grupo de lesbianas, con algunas de las cuales hice cierta amistad virtual en un principio, pero no encontramos fechas de coincidencia con algunas de ellas en particular para vernos. A nivel de grupo sólo quedé una vez con ellas, y me sentí muy bien acogida y aceptada. Eramos unas veinte chicas, de ellas solo yo travesti, y eso me hizo sentir un poco nerviosa al principio por verme algo diferente a ellas; pero poco a poco me fui asentando e integrando, y acabé la noche con ganas de repetir.
Lamentablemente, por cambios de miembros en los grupos y evolución de los mismos y la situación personal de cada integrante, no ha sido posible que haya podido repetir. Algunas se han emparejado, otras desparecido..... pero algún dia espero volver a coger confianza con algunas de ellas y repetir encuentros.
Después de este penúltimo encuentro, el último tuvo lugar con una amiga en una localidad de la costa levantina donde pasamos 24 horas, de las cuales buena parte de ellas yo como mujer saliendo y entrando con naturalidad del hotel en donde teníamos la reserva y pasando una tarde-noche de paseo y cena por dicha localidad. Interactuando y relacionando con la gente de la calle con que íbamos cruzando. Un buen ejemplo de naturalización de mi situación en la sociedad, no habiendo sido necesario quedar con algun grupo de travestis, lesbianas, etc, para salir.
miércoles, 15 de julio de 2015
VIII. Dualidad desequilibrada
Cada vez comenzó a hacerse más difícil cambiarse en su casa. Constantemente entraban y salían amistades, familiares, etc... El tiempo de intimidad, por lo tanto, se reducía notablemente. Por el mismo motivo cada vez las salidas esporádicas se hacían más espaciadamente en el tiempo, y además deprisa y corriendo, con lo cual no eran satisfactorias.
La cuestión es que veía que ella se encontraba bien y cómoda rodeada constantemente de la gente que apreciaba y quería, pero consecuentemente ello nos quitaba tiempo y espacio para nosotros. Así que fui disminuyendo mis transformaciones al mismo tiempo que aumentaba mi ansia por hacerlo. Fui aguantando la situación esperando que las cosas se regularizaran un poco; sino como antes, al menos para disponer de una tarde o dia entero para nosotros solos. Pero no fue así. Pasaron unos meses y la situación no cambiaba, al contrario, se había hecho una constante y casi rutina el hecho de no disponer de nuestro espacio y tiempo. Mi moral fue minando, mi ilusión y entusiasmo iniciales debilitando, y mis esperanzas despareciendo.
Veía a mi pareja cada vez más desinteresada y alejada de mi problema; no digo que fuera algo consciente pero inconscientemente así lo fui sintiendo. Hasta que llegó un momento que no me encontraba a gusto en ningún sitio, fruto de no poderme haber comportado y mostrado durante meses como necesitaba hacerlo.
La complicidad que tenía con ella notaba que se difuminaba; su falta de interés al respecto lo corroboraba. ¡Cómo me hubiera gustado que un dia se hubiera ofrecido a ir de compras conmigo!
Mi comportamiento no comenxzó a verse alterado solo estando con ella en sociedad, sino que comenzó a afectar incluso a mi relacion con la sociedad en general: familiar, laboral, etc.
Fui entonces cuando ya no me quedó más remedio que hacer un replanteamiento de la situación, ya que mi parte femenina estaba encarcelada, oprimida, y sin ella mi parte masculina no sabía subsistir ni funcionar por sí sola. Andaba coja y falta del afecto y comprensión que le aportaba su simbiosis con la femenina, ahora no presente. En definitiva no tenía su complemento.
La cuestión es que veía que ella se encontraba bien y cómoda rodeada constantemente de la gente que apreciaba y quería, pero consecuentemente ello nos quitaba tiempo y espacio para nosotros. Así que fui disminuyendo mis transformaciones al mismo tiempo que aumentaba mi ansia por hacerlo. Fui aguantando la situación esperando que las cosas se regularizaran un poco; sino como antes, al menos para disponer de una tarde o dia entero para nosotros solos. Pero no fue así. Pasaron unos meses y la situación no cambiaba, al contrario, se había hecho una constante y casi rutina el hecho de no disponer de nuestro espacio y tiempo. Mi moral fue minando, mi ilusión y entusiasmo iniciales debilitando, y mis esperanzas despareciendo.
Veía a mi pareja cada vez más desinteresada y alejada de mi problema; no digo que fuera algo consciente pero inconscientemente así lo fui sintiendo. Hasta que llegó un momento que no me encontraba a gusto en ningún sitio, fruto de no poderme haber comportado y mostrado durante meses como necesitaba hacerlo.
La complicidad que tenía con ella notaba que se difuminaba; su falta de interés al respecto lo corroboraba. ¡Cómo me hubiera gustado que un dia se hubiera ofrecido a ir de compras conmigo!
Mi comportamiento no comenxzó a verse alterado solo estando con ella en sociedad, sino que comenzó a afectar incluso a mi relacion con la sociedad en general: familiar, laboral, etc.
Fui entonces cuando ya no me quedó más remedio que hacer un replanteamiento de la situación, ya que mi parte femenina estaba encarcelada, oprimida, y sin ella mi parte masculina no sabía subsistir ni funcionar por sí sola. Andaba coja y falta del afecto y comprensión que le aportaba su simbiosis con la femenina, ahora no presente. En definitiva no tenía su complemento.
jueves, 5 de febrero de 2015
VII. Dualidad equilibrada
Desde entonces, lo que más esperaba era que llegasen los fines de semana, para estar con ella y encontrar un momento en el que poder disfrutar como mujer a su lado.
Pasaba toda la semana en el trabajo con momentos en que sentía una fuerte necesidad de travestirme, sobretodo cuando oía el taconeo de alguna empleada o veía lo bien que lucía alguna de las compañeras. Eso despertaba aún más mis ganas, y lo iba acumulando durante toda la semana. Hasta que llegaba el sábado o domingo y podía aliviarme de la sensación junto a ella. Iba a su armario, me transformaba en mujer, y pasaba unas horas junto a ella tal cual.
Pero no siempre querer era poder. Había fines de semana en que no podía satisfacer mi necesidad, bien porque ella tenía visitas en su domicilio, bien porque teníamos otras cosas que hacer que lo impedían, o bien porque las amistades con las que quedábamos para salir no sabían de mi situación. Entonces yo lo pasaba mal, habiendo de cargar con esa necesidad dentro mí, no pudiendo dejar manifestar mi yo ni mostrarme como me apetecía. Era una mala influencia para mi carácter, ya que no podía actuar con naturalidad en esas circunstancias, y por tanto poder ser yo mismo. Estos fines de semana “desaprovechados” hacían que comenzara la siguiente semana con humor y moral más bajos y ariscos, consecuencia lógica de llevar aún dentro todo aquello que no había podido liberar. Y cuando esto mismo ocurría más de dos semanas consecutivas, la necesidad se transformaba ya en angustia, en ansia, en necesidad de primer orden, y mi comportamiento y actuaciones en sociedad ya no eran los naturales en mi.
Los primeros meses fueron con semanas de ambas maneras; unas con transformación y otras sin poderlo hacer. Ya me conformaba con ello. Afortunado me sentía de poderlo compartir y ser cómplice con mi pareja ni que fueran dos instantes al mes; aunque lógicamente me hubiera gustado más. Incluso hicimos alguna salida corta esporádica a la calle para no haberme de desvestir por solo unos minutos y volver a vestirme después.
En otras ocasiones, sin embargo, cuando disponía de tiempo y espacio, me daba pereza travestirme por todo el ritual y tiempo que conlleva. Es decir, que tampoco pude aprovechar (aquí por decisión propia y no de agentes externos) todo el tiempo posible la posibilidad de cambiarme. Pero a fin de cuentas, llevaba esta dualidad hombre-mujer más o menos controlada y satisfecha.
El momento culminante fue cuando recibí por su parte, un vestido como regalo de mi aniversario. Mi idea fue en la próxima salida estrenarlo con ella; pero cosas de la vida, a partir de aquí la cosa comenzó a cambiar y ponerse más difícil. Tal es así, que hasta el dia de hoy, y ya han pasado dos años desde que escribo esto, aún no lo he podido estrenar.
Pasaba toda la semana en el trabajo con momentos en que sentía una fuerte necesidad de travestirme, sobretodo cuando oía el taconeo de alguna empleada o veía lo bien que lucía alguna de las compañeras. Eso despertaba aún más mis ganas, y lo iba acumulando durante toda la semana. Hasta que llegaba el sábado o domingo y podía aliviarme de la sensación junto a ella. Iba a su armario, me transformaba en mujer, y pasaba unas horas junto a ella tal cual.
Pero no siempre querer era poder. Había fines de semana en que no podía satisfacer mi necesidad, bien porque ella tenía visitas en su domicilio, bien porque teníamos otras cosas que hacer que lo impedían, o bien porque las amistades con las que quedábamos para salir no sabían de mi situación. Entonces yo lo pasaba mal, habiendo de cargar con esa necesidad dentro mí, no pudiendo dejar manifestar mi yo ni mostrarme como me apetecía. Era una mala influencia para mi carácter, ya que no podía actuar con naturalidad en esas circunstancias, y por tanto poder ser yo mismo. Estos fines de semana “desaprovechados” hacían que comenzara la siguiente semana con humor y moral más bajos y ariscos, consecuencia lógica de llevar aún dentro todo aquello que no había podido liberar. Y cuando esto mismo ocurría más de dos semanas consecutivas, la necesidad se transformaba ya en angustia, en ansia, en necesidad de primer orden, y mi comportamiento y actuaciones en sociedad ya no eran los naturales en mi.
Los primeros meses fueron con semanas de ambas maneras; unas con transformación y otras sin poderlo hacer. Ya me conformaba con ello. Afortunado me sentía de poderlo compartir y ser cómplice con mi pareja ni que fueran dos instantes al mes; aunque lógicamente me hubiera gustado más. Incluso hicimos alguna salida corta esporádica a la calle para no haberme de desvestir por solo unos minutos y volver a vestirme después.
En otras ocasiones, sin embargo, cuando disponía de tiempo y espacio, me daba pereza travestirme por todo el ritual y tiempo que conlleva. Es decir, que tampoco pude aprovechar (aquí por decisión propia y no de agentes externos) todo el tiempo posible la posibilidad de cambiarme. Pero a fin de cuentas, llevaba esta dualidad hombre-mujer más o menos controlada y satisfecha.
El momento culminante fue cuando recibí por su parte, un vestido como regalo de mi aniversario. Mi idea fue en la próxima salida estrenarlo con ella; pero cosas de la vida, a partir de aquí la cosa comenzó a cambiar y ponerse más difícil. Tal es así, que hasta el dia de hoy, y ya han pasado dos años desde que escribo esto, aún no lo he podido estrenar.
viernes, 30 de mayo de 2014
VI. Al mundo exterior
Pero no todo son las cuatro paredes el escenario donde desarrollar nuestra vida. Yo tenía ciertos contactos con gente como yo que se trasviste. Algunos a escondidas, otros no tanto; es una situación difícil de llevar en ocasiones para quien la sufre. Así que le comenté de ir algún día a un local en el cual otros periódicamente se juntan y travisten para vestir un rato como les gusta y exteriorizar plácidamente aquello que tienen vetado el resto de los días, y verse así liberados de ese ansia acumulada compartiéndolo con gente como ellos o del género femenino que les apoya y comprende. Le encantó la idea y quedamos en hacer acto de presencia en la próxima ocasión que se reunieran y nos fuera posible asistir. Aún no había salido nunca con ella de casa travestido, así que el día que decidimos ir fui como hombre y me cambié dentro del local. Tras estar un par de horas con ell@s, salimos tod@s a cenar (me vestí de nuevo de hombre) y después a tomar una copa. Fue la primera toma de contacto con gente travesti, ajena a nosotros, y con la que ampliar el ámbito de contacto. Una vez constatado el buen ambiente y buena sintonía con el grupo, decidimos volver al próximo encuentro que se organizase.
Y así fue; un mes después regresamos pero con la diferencia de que me travestí antes de salir de casa. No fue necesario, pues, cambiarme en el local, y también salimos a cenar y tomar una copa, pero en esta ocasión travestido. Desde entonces, alguna que otra vez teníamos un encuentro o salida con ell@s.
También habían días en que tenía apetencia por travestirme, pero no había reunión programada . Entonces, si la situación era propicia, me vestía con ropa de su vestuario y salíamos las dos a dar una vuelta. Realmente pocas veces lo hicimos, ya que más bien lo limitamos a hacer dentro de las cuatro paredes de nuestra estancia, y más por decisión mía que suya, ya que en el último momento me acostumbraba a dar pereza salir a la calle. Sin embargo, nada me gustaba más que poder salir junto a ella a pasear; era cómo mejor me sentía.. Aunque poder estar por casa con ella con su ropa puesta era también delicioso y me hacía sentir más cerca suyo.
Y así fue; un mes después regresamos pero con la diferencia de que me travestí antes de salir de casa. No fue necesario, pues, cambiarme en el local, y también salimos a cenar y tomar una copa, pero en esta ocasión travestido. Desde entonces, alguna que otra vez teníamos un encuentro o salida con ell@s.
También habían días en que tenía apetencia por travestirme, pero no había reunión programada . Entonces, si la situación era propicia, me vestía con ropa de su vestuario y salíamos las dos a dar una vuelta. Realmente pocas veces lo hicimos, ya que más bien lo limitamos a hacer dentro de las cuatro paredes de nuestra estancia, y más por decisión mía que suya, ya que en el último momento me acostumbraba a dar pereza salir a la calle. Sin embargo, nada me gustaba más que poder salir junto a ella a pasear; era cómo mejor me sentía.. Aunque poder estar por casa con ella con su ropa puesta era también delicioso y me hacía sentir más cerca suyo.
miércoles, 20 de noviembre de 2013
V. Distinto a su lado
Llegó el día en que ella me tenía que ver tal como me gustaba a mi verme también, y en el fondo como quería que ella me viera. Compartirlo en toda su magnitud con ella me dio una sensación de calma, paz y relajación interna. Me sentía aligerado de cargas y bien conmigo mismo; y sentirme bien conmigo mismo implicaría sentirme mejor con ella. Estaba expectante por ver cómo sería la situación, cómo se desarrollaría, y si tendría continuación. El resultado fue totalmente satisfactorio. Me sentí muy cómodo, muy natural; como un pieza que encajaba perfectamente en ese escenario. La compenetración y complicidad fue total en todos los aspectos, de principio a fin. Describir las sensaciones a su lado como mujer fue algo estupendo, con unos matices diferentes a estarlo como hombre. Aunque cueste de entender por muchos, había una sensibilidad especial que emanaba en mi en esa situación, distinta a como hombre. Fue como una simbiosis, un mimetismo: travestirme y sensibilidad. No sé si la primera lleva a la segunda o viceversa, pero fue una experiencia agradable.
Desde entonces, si las circunstancias lo permitían (momento y ganas) , la opción de travestirme estaba al alcance de mi mano, y dado a que utilizamos tallas similares en el vestuario podía compartir prácticamente toda su ropa. Vestirme con sus prendas me producía una excitación extra; era como fundirme con ella, como ser los dos una misma persona; me sentía dentro de ella y a ella dentro de mí. Es la máxima expresión del compartir y la complicidad entre ambos.
Me gustaba ser hombre y mujer para ella; como hombre protector y como mujer que recibe sus caricias. Me sentía afortunado de poder disfrutar de todo mi yo expresivo y sensitivo con ella, y de explotarlo. Mi parte sensible y la más ruda. No como hombre o mujer, sino todo fusionado, como persona sin más, como sentimiento, sin estereotipos por cuestión de sexo.
Desde entonces, si las circunstancias lo permitían (momento y ganas) , la opción de travestirme estaba al alcance de mi mano, y dado a que utilizamos tallas similares en el vestuario podía compartir prácticamente toda su ropa. Vestirme con sus prendas me producía una excitación extra; era como fundirme con ella, como ser los dos una misma persona; me sentía dentro de ella y a ella dentro de mí. Es la máxima expresión del compartir y la complicidad entre ambos.
Me gustaba ser hombre y mujer para ella; como hombre protector y como mujer que recibe sus caricias. Me sentía afortunado de poder disfrutar de todo mi yo expresivo y sensitivo con ella, y de explotarlo. Mi parte sensible y la más ruda. No como hombre o mujer, sino todo fusionado, como persona sin más, como sentimiento, sin estereotipos por cuestión de sexo.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
IV. Realidad en pareja
Fue la anterior mi última salida a solas. Mi principal deseo una vez rompí mi relación conyugal, el de emparejarme sólo con una mujer que me conozca y acepte totalmente tal cual soy, estaba a punto de cumplirse. Era la única manera de poder ser feliz y compartir mi felicidad con ella.
Continuaba yo en este momento conociendo personas por el mundo virtual, acercándome a ellas desde la distancia pero por la cercanía del medio; y continuaba también al mismo tiempo escribiendo sobre mi afición y otros temas nada que ver. Eran mis dos maneras de mostrarme hasta entonces cual realmente era y me sentía, con la ventaja de hacerlo desde el “anonimato”, la tranquilidad y relajación en la silla de mi casa. Pero he aquí que una mujer de entre un grupo de amistad real con el que hacía salidas, iba siguiendo mis escritos. Y no sé si interesada por lo que iba leyendo y descubriendo entre líneas, o bien por mi forma de enfocar los temas de todo tipo en general, la cuestión es que se me presentó en una cena del mencionado grupo. Fue sólo un saludo pero hubo algo de chispa. Seguimos desde ese día en contacto con algún que otro mail y encuentros con gente del grupo. Poco a poco el contacto fue aumentado, y comenzamos a hacer salidas y tener encuentros a solas, cada vez más frecuentes, hasta que acabamos por salir habitualmente y tres meses después ya más como pareja.
En principio jamás tocamos ni llegamos a hablar del tema de mi posible travestismo; y digo posible, porque todo eran suposiciones. Yo no era capaz aún de intuir si le interesaba, lo soportaría, se sentiría incómoda o qué actitud tendría respecto al mismo; aunque tal como iba conociéndola, y viendo que era una persona con mentalidad abierta, suponía que no afectaría ello a nuestra posible futura relación. Así que las primeras semanas simplemente íbamos haciendo comentarios y dando nuestra opinión sobre este tema alguna que otra vez, pero a nivel de tercera persona o general, pero no de mí caso particularmente. Parecía cómo si el hecho de atacarlo directamente pudiera hacer tambalear o modificar la bonita relación hasta ese momento; era, imagino yo, una manera de evitar ese riesgo. Pero poco a poco, fuimos introduciendo más mi caso dentro de los comentarios generales sobre el asunto del transformismo y similares, y cada vez profundizando más en las cuestiones alrededor del asunto. Era una evidencia clara de que ella me aceptaba con mis particulares gustos; es más, incluso parecía interesada e intuía yo que le atraía el tema. No parecía incomodarle hablar de ello sino más bien al contrario; señal inequívoca de que mi afición no entorpecería para nada nuestro devenir.
El día clave fue una tarde en la playa, en la que tumbados sobre la arena me dijo que tenía ganas de verme vestido de mujer. Es cierto que hasta entonces no lo había hecho ante ella, aunque ganas tuve en ocasiones, pero es distinto el hecho de aceptar y compartir la situación a hacerlo con mi imagen femenina a su lado. Dista un trecho entre ser permisiva y comprensiva, a padecerlo de manera totalmente exteriorizada; y no quería dar ese paso en falso. Esta petición en la playa me sonó a música celestial, y era la confirmación que necesitaba para poder exteriorizarme tal cual me siento en cada momento junto a ella.
Continuaba yo en este momento conociendo personas por el mundo virtual, acercándome a ellas desde la distancia pero por la cercanía del medio; y continuaba también al mismo tiempo escribiendo sobre mi afición y otros temas nada que ver. Eran mis dos maneras de mostrarme hasta entonces cual realmente era y me sentía, con la ventaja de hacerlo desde el “anonimato”, la tranquilidad y relajación en la silla de mi casa. Pero he aquí que una mujer de entre un grupo de amistad real con el que hacía salidas, iba siguiendo mis escritos. Y no sé si interesada por lo que iba leyendo y descubriendo entre líneas, o bien por mi forma de enfocar los temas de todo tipo en general, la cuestión es que se me presentó en una cena del mencionado grupo. Fue sólo un saludo pero hubo algo de chispa. Seguimos desde ese día en contacto con algún que otro mail y encuentros con gente del grupo. Poco a poco el contacto fue aumentado, y comenzamos a hacer salidas y tener encuentros a solas, cada vez más frecuentes, hasta que acabamos por salir habitualmente y tres meses después ya más como pareja.
En principio jamás tocamos ni llegamos a hablar del tema de mi posible travestismo; y digo posible, porque todo eran suposiciones. Yo no era capaz aún de intuir si le interesaba, lo soportaría, se sentiría incómoda o qué actitud tendría respecto al mismo; aunque tal como iba conociéndola, y viendo que era una persona con mentalidad abierta, suponía que no afectaría ello a nuestra posible futura relación. Así que las primeras semanas simplemente íbamos haciendo comentarios y dando nuestra opinión sobre este tema alguna que otra vez, pero a nivel de tercera persona o general, pero no de mí caso particularmente. Parecía cómo si el hecho de atacarlo directamente pudiera hacer tambalear o modificar la bonita relación hasta ese momento; era, imagino yo, una manera de evitar ese riesgo. Pero poco a poco, fuimos introduciendo más mi caso dentro de los comentarios generales sobre el asunto del transformismo y similares, y cada vez profundizando más en las cuestiones alrededor del asunto. Era una evidencia clara de que ella me aceptaba con mis particulares gustos; es más, incluso parecía interesada e intuía yo que le atraía el tema. No parecía incomodarle hablar de ello sino más bien al contrario; señal inequívoca de que mi afición no entorpecería para nada nuestro devenir.
El día clave fue una tarde en la playa, en la que tumbados sobre la arena me dijo que tenía ganas de verme vestido de mujer. Es cierto que hasta entonces no lo había hecho ante ella, aunque ganas tuve en ocasiones, pero es distinto el hecho de aceptar y compartir la situación a hacerlo con mi imagen femenina a su lado. Dista un trecho entre ser permisiva y comprensiva, a padecerlo de manera totalmente exteriorizada; y no quería dar ese paso en falso. Esta petición en la playa me sonó a música celestial, y era la confirmación que necesitaba para poder exteriorizarme tal cual me siento en cada momento junto a ella.
martes, 20 de julio de 2010
III. Y el real
Tal fue la interconexión y afinidad que conseguí con algunas, todas del género femenino, que con un par de ellas llegamos a quedar para conocernos en persona, pero con la condición de que yo fuera vestido de mujer, condición impuesta por ellas supongo que para que yo me reafirmara en mi condición y me sintiera mejor. ¡¡Y tanto que sí!! Para mí era la mejor manera de sentirme integrado; estar con una mujer, amiga, vestido como ella tranquilamente. Me reconfortaba al tiempo que excitaba enormemente el poder vivir esa sensación.
Con una de ellas pasamos una tarde en mi casa (era día de carnaval pero la lluvia impidió la salida que teníamos prevista), e incluso llegamos a intercambiar ropa aunque no tuviéramos la misma talla. Meses después, con la otra me vestí para la ocasión sin más, pero tuvimos una hora de amena charla. Ya no he vuelto a quedar con ese fin desde entonces por motivos varios.
Por culpa de la puñetera lluvia, en esa primera cita me quedé con enormes ganas de haber salido a la calle vestido de chica tal como habíamos previsto con mi amiga. Así que el sábado siguiente por la tarde, aprovechando que aunque no era ya carnaval sólo hacía dos días que había concluido y aún alguna que otra celebración se hacía por ahí, decidí apaciguar mi ansia, mis deseos que se quedaron a medio hacer aquella tarde y me vestí en casa pero con intención de bajar a dar una vuelta yo sólo. Caía una ligera lluvia muy fina y pensé que eso aún me ayudaría más en mi atrevimiento, ya que con un paraguas en mano sería más fácil ocultarse si llegara el caso. Una mezcla de nerviosismo y excitación me hacían temblar ligeramente cuando iba a abrir la puerta de mi casa pero me armé de valor, salí al vestíbulo y cerré la puerta tras de mi sin girar la cabeza; que sea lo que el destino quiera, pensé. Comencé a bajar las escaleras y el taconeo de las botas que llevaba puestas ponía en marcha una corriente excitante en mi interior y a flor de piel. Muy nervioso iba bajando los tres pisos pensando en no encontrarme con algún vecino hasta llegar al portal; este hecho aumentaba aún más mi excitación y nerviosismo. Finalmente llegué hasta la calle sin incidencias durante el descenso; y, con la vista mirando al suelo, cosa supongo que normal por ser mi primera salida, comencé a caminar en la semioscuridad de la tarde de invierno por mi barrio. No es que me avergonzara pero el hecho de poderme encontrar a algún conocido o vecino, hizo que como inútil protección (por aquello de que lo que no veo parece que no me pueda ver) no levantara prácticamente la vista del suelo. Como anécdota, llegué a un tramo estrecho de la acera por la que transitaba en la que sólo cabía un peatón y fui a coincidir de frente con una mujer, que amablemente me cedió el paso y me saludó con un “adios”. Ufff, que bien me sentí al notar que con toda naturalidad se dirigían a mí. Sólo fue una vuelta a la manzana, pero subí a mi casa exhultante, aunque sin poder haber gozado de verdad el momento en todo su esplendor debido a los nervios y “temores” propios de la primera vez.
Meses más tarde, en los inicios del otoño y también cuando comenzaba a oscurecer salí de nuevo, esta vez con la cabeza un poco más alta, y hasta tuve el valor de sentarme durante un rato en el banco de un parque que no estaba muy transitado. Que gozo me producía verme ahí en el banco mostrando mis piernas, aunque sin haberme librado aún de los nervios de la primera vez. Un comentario de unos chicos jóvenes desde un coche y un hombre al que le picaba la curiosidad y que noté que me observaba desde un extremo del parque son las únicas anécdotas de esta salida de un cuarto de hora.
Al mismo tiempo, más bien posteriormente, un par de amigas especialmente, y por separado, se ofrecieron de manera desinteresada para ayudarme a transformarme y salir conmigo una tarde. Dificultad o demoras que acostumbran a acontecer y de las que luego nos arrepentimos hicieron que finalmente no se pudiera hacer; pero se lo agradezco enormemente, ya que me hubiera gustado mucho hacerlo, y aún espero que algún día pueda coincidir con ellas y cumplirlo.
Con una de ellas pasamos una tarde en mi casa (era día de carnaval pero la lluvia impidió la salida que teníamos prevista), e incluso llegamos a intercambiar ropa aunque no tuviéramos la misma talla. Meses después, con la otra me vestí para la ocasión sin más, pero tuvimos una hora de amena charla. Ya no he vuelto a quedar con ese fin desde entonces por motivos varios.
Por culpa de la puñetera lluvia, en esa primera cita me quedé con enormes ganas de haber salido a la calle vestido de chica tal como habíamos previsto con mi amiga. Así que el sábado siguiente por la tarde, aprovechando que aunque no era ya carnaval sólo hacía dos días que había concluido y aún alguna que otra celebración se hacía por ahí, decidí apaciguar mi ansia, mis deseos que se quedaron a medio hacer aquella tarde y me vestí en casa pero con intención de bajar a dar una vuelta yo sólo. Caía una ligera lluvia muy fina y pensé que eso aún me ayudaría más en mi atrevimiento, ya que con un paraguas en mano sería más fácil ocultarse si llegara el caso. Una mezcla de nerviosismo y excitación me hacían temblar ligeramente cuando iba a abrir la puerta de mi casa pero me armé de valor, salí al vestíbulo y cerré la puerta tras de mi sin girar la cabeza; que sea lo que el destino quiera, pensé. Comencé a bajar las escaleras y el taconeo de las botas que llevaba puestas ponía en marcha una corriente excitante en mi interior y a flor de piel. Muy nervioso iba bajando los tres pisos pensando en no encontrarme con algún vecino hasta llegar al portal; este hecho aumentaba aún más mi excitación y nerviosismo. Finalmente llegué hasta la calle sin incidencias durante el descenso; y, con la vista mirando al suelo, cosa supongo que normal por ser mi primera salida, comencé a caminar en la semioscuridad de la tarde de invierno por mi barrio. No es que me avergonzara pero el hecho de poderme encontrar a algún conocido o vecino, hizo que como inútil protección (por aquello de que lo que no veo parece que no me pueda ver) no levantara prácticamente la vista del suelo. Como anécdota, llegué a un tramo estrecho de la acera por la que transitaba en la que sólo cabía un peatón y fui a coincidir de frente con una mujer, que amablemente me cedió el paso y me saludó con un “adios”. Ufff, que bien me sentí al notar que con toda naturalidad se dirigían a mí. Sólo fue una vuelta a la manzana, pero subí a mi casa exhultante, aunque sin poder haber gozado de verdad el momento en todo su esplendor debido a los nervios y “temores” propios de la primera vez.
Meses más tarde, en los inicios del otoño y también cuando comenzaba a oscurecer salí de nuevo, esta vez con la cabeza un poco más alta, y hasta tuve el valor de sentarme durante un rato en el banco de un parque que no estaba muy transitado. Que gozo me producía verme ahí en el banco mostrando mis piernas, aunque sin haberme librado aún de los nervios de la primera vez. Un comentario de unos chicos jóvenes desde un coche y un hombre al que le picaba la curiosidad y que noté que me observaba desde un extremo del parque son las únicas anécdotas de esta salida de un cuarto de hora.
Al mismo tiempo, más bien posteriormente, un par de amigas especialmente, y por separado, se ofrecieron de manera desinteresada para ayudarme a transformarme y salir conmigo una tarde. Dificultad o demoras que acostumbran a acontecer y de las que luego nos arrepentimos hicieron que finalmente no se pudiera hacer; pero se lo agradezco enormemente, ya que me hubiera gustado mucho hacerlo, y aún espero que algún día pueda coincidir con ellas y cumplirlo.
jueves, 31 de diciembre de 2009
II. Otro virtual - real
Todos esos comentarios a favor y de apoyo recibidos en mi blog y en conversaciones fueron lenta pero paulatinamente aumentando mi autoestima. Tanto que me pregunté por qué no mostrarme no sólo a través de las teclas de un pc, sino incluso a través del monitor tal cual me encontraba vestido en ese momento, indistintamente fuera de hombre o de mujer. Tenía una webcam que conectaba sólo en contadas ocasiones con personas con las que me llevaba bien y teníamos afinidad y confianza. Era cuando llegábamos a ese punto en que ya después de haber conversado tantas veces, ya nos despertaba la curiosidad de vernos y conocernos también físicamente. No era ni soy partidario de usar la cam, ya que se pierde a mi modo de ver toda esa aureola de misterio y demás que conlleva el imaginarte y dibujar mentalmente al otro interlocutor. Siempre lo hice vestido masculinamente hasta ese momento. Pero cuando mi confianza y autoestima llegó al punto antes mencionado, opté por dar el siguiente paso y efectivamente mostrarme tal y como iba vestido (o vestida). Cierto es que la primera vez que me mostraba ante personas con las que ya había tratado dilatadamente por mensajería o mostrado como hombre, me costó bastante hacerlo, pero lo hice decidida a la vez que nerviosamente. ¿El resultado?: buenísimo, todo respeto, alabanzas e incluso piropos.
Fue un paso que sinceramente esperaba ansioso que tuviera buen resultado, ya que era una manera de mostrarme casi totalmente como yo quería y sentía, de ser yo como soy sin más.
Ello me animó, a partir de entonces, a mostrarme con confianza tal cual iba, y con quien fuera que pudiese estar intercambiando mensajes. Todas las nuevas amistades que iba haciendo vía internet conocían de mi afición, ya que era como me presentaba en todos los perfiles, y de ello he hecho buenas amistades.
Fue un paso que sinceramente esperaba ansioso que tuviera buen resultado, ya que era una manera de mostrarme casi totalmente como yo quería y sentía, de ser yo como soy sin más.
Ello me animó, a partir de entonces, a mostrarme con confianza tal cual iba, y con quien fuera que pudiese estar intercambiando mensajes. Todas las nuevas amistades que iba haciendo vía internet conocían de mi afición, ya que era como me presentaba en todos los perfiles, y de ello he hecho buenas amistades.
lunes, 5 de octubre de 2009
I. Paso adelante virtual
Como comenté en el último capítulo (VIII) de la primera parte, y retomando la historia desde ese punto, los tres primeros meses en que me independicé mi travestismo se limitó a transformarme algunos dias en la intimidad de mi casa; sólo para mí mismo. Es como había sido siempre hasta este momento, excepto el último año de convivencia con mi ex pareja.
Sin embargo, como todo en la vida, siempre se aspira a algo más; y no por ambición sino por necesidad. Me encontraba agobiado, como en un sin sentido, me sentía sólo en mi faceta transformista. Mi cuerpo y mis sentimientos necesitaban algo más: ¿exteriorización?, sí, creo que eso era. Hacer las cosas a solas satisfacen en un principio, pero con el transcurso del tiempo se convierten en simple rutina y se cae en la desmotivación y desidia.
Y fue tras llegar a este punto que mi actuación al respecto llegó a un punto de inflexión. Era ahora o quizás ya nunca. Me explico: aunque no estaba muy puesto en relaciones por la red internauta, llámese foros, chat, etc,. el hecho de tener menos compromisos y obligaciones que cuando vivía con mi cónyuge me permitió disponer de un poco de tiempo libre, y gracias a ello me fui introduciendo en ello y a suscribirme en comunidades virtuales, mensajerías y foros. Viendo que me desenvolvía bastante bien en ellas, y habiendo conocido y cogido confianza con algunas personas, chicas principalmente, siempre acababa de una manera subliminal hablando sobre algo de vestuario femenino, de si alguna vez me lo había puesto, de si me gustaría ponérmelo, etc. La reacción de ellas era bastante natural e indiferente, incluso a algunas les parecía bien. Yo, por supuesto no les decía que me travestía, pese a quedarme siempre con las ganas de hacerlo, y después de despedirme me quedaba con una sensación extraña como de fustración, cómo de no acabar de ser yo mismo y haber perdido una oportunidad de serlo.
Harto de terminar de este modo, y aprovechando la ventaja del anonimato que me brindaba internet, decidí que ya era hora de poner toda la carne en el asador y que el punto de inflexión comenzara a serlo realmente; así que a partir de ese momento me comencé registrar como persona travesti en todas las páginas en que participaba.
En un principio me costaba hacer referencia al tema y quizás hablaba incluso cohibido con las personas con las que me ponía en contacto; aunque en numerosas ocasiones eran ellas mismas quienes me preguntaban sobre el tema. Poco a poco, más rápidamente de lo que yo creía le fui perdiendo el “miedo” a la respuesta y reacción de las personas con las que podía interactuar, y ello gracias a que con frecuencia un buen porcentaje de ellas no le daban importancia al hecho y lo tomaban con mucha naturalidad, como una faceta más y ya está. Incluso algunas de ellas se ofrecían a dirigirse a mí en femenino si así me sentía más a gusto.
Desde el momento que tomé conciencia de todo ello, y me comencé a acostumbrar y actuar sin problemas como travesti por la red, ya entraba en todos los chats como tal sin ningún prejuicio ni tapujo; sin mostrarme como tal pero tampoco sin negarlo, o sea, como una persona más. A no ser que ellas hicieran referencia al tema yo tampoco lo hacía, no fuera que ello les llegara a hastiar o colapsar, y hablábamos de este o cualquier otro tema actual.
Además, esta decisión de presentarme como tal me sirvió como filtro natural de amistades; es decir, que personas más cerradas de mente o conservadoras ni se dignaban a devolverme un saludo o dirigirme la palabra, pero sin embargo conectaba muy bien con las que sí lo hacían. No hacía falta perder tiempo, pues, con las que se cerraban a mí, y sí disfrutarlo con las que se abrían.Fue aproximadamente en este período de tiempo que se me pasó por la cabeza escribir la primera parte de la presente autobiografía de mi travestismo, y colgarla en un blog. Lo consideré un modo más de exteriorizar al mundo mi faceta. Cuál fue mi sorpresa cuando comencé a recibir mensajes de apoyo y de ánimo, y aplausos sobre mi atrevimiento de exponerlo públicamente. He de decir, sin embargo, que todos ellos fueron de público femenino, ni uno sólo del masculino, el cual va casi exclusivamente por otros derroteros y connotaciones mas bien de tipo sexual; y lamento decirlo como persona de este sexo que soy también. Quizás también sea todo un poco debido a que muchos de los que se travisten también lo hacen mostrando más el lado sexual, y por ello se nos mete a todos en el mismo saco. Una pena. Sin embargo, el hecho de estar en ambos lados me ha enriquecido y servido para comprender mejor, y más desde dentro el carácter, comportamiento y quehacer de la mujer en general, y compararlo con el del hombre. Cuando me sentía asediado por hombres ávidos de sexo virtual comprendía el por qué de las quejas de algunas féminas. Fuera por el motivo que fuese, la realidad es que me interrelacionaba mucho mejor con las mujeres que con los hombres.
Sin embargo, como todo en la vida, siempre se aspira a algo más; y no por ambición sino por necesidad. Me encontraba agobiado, como en un sin sentido, me sentía sólo en mi faceta transformista. Mi cuerpo y mis sentimientos necesitaban algo más: ¿exteriorización?, sí, creo que eso era. Hacer las cosas a solas satisfacen en un principio, pero con el transcurso del tiempo se convierten en simple rutina y se cae en la desmotivación y desidia.
Y fue tras llegar a este punto que mi actuación al respecto llegó a un punto de inflexión. Era ahora o quizás ya nunca. Me explico: aunque no estaba muy puesto en relaciones por la red internauta, llámese foros, chat, etc,. el hecho de tener menos compromisos y obligaciones que cuando vivía con mi cónyuge me permitió disponer de un poco de tiempo libre, y gracias a ello me fui introduciendo en ello y a suscribirme en comunidades virtuales, mensajerías y foros. Viendo que me desenvolvía bastante bien en ellas, y habiendo conocido y cogido confianza con algunas personas, chicas principalmente, siempre acababa de una manera subliminal hablando sobre algo de vestuario femenino, de si alguna vez me lo había puesto, de si me gustaría ponérmelo, etc. La reacción de ellas era bastante natural e indiferente, incluso a algunas les parecía bien. Yo, por supuesto no les decía que me travestía, pese a quedarme siempre con las ganas de hacerlo, y después de despedirme me quedaba con una sensación extraña como de fustración, cómo de no acabar de ser yo mismo y haber perdido una oportunidad de serlo.
Harto de terminar de este modo, y aprovechando la ventaja del anonimato que me brindaba internet, decidí que ya era hora de poner toda la carne en el asador y que el punto de inflexión comenzara a serlo realmente; así que a partir de ese momento me comencé registrar como persona travesti en todas las páginas en que participaba.
En un principio me costaba hacer referencia al tema y quizás hablaba incluso cohibido con las personas con las que me ponía en contacto; aunque en numerosas ocasiones eran ellas mismas quienes me preguntaban sobre el tema. Poco a poco, más rápidamente de lo que yo creía le fui perdiendo el “miedo” a la respuesta y reacción de las personas con las que podía interactuar, y ello gracias a que con frecuencia un buen porcentaje de ellas no le daban importancia al hecho y lo tomaban con mucha naturalidad, como una faceta más y ya está. Incluso algunas de ellas se ofrecían a dirigirse a mí en femenino si así me sentía más a gusto.
Desde el momento que tomé conciencia de todo ello, y me comencé a acostumbrar y actuar sin problemas como travesti por la red, ya entraba en todos los chats como tal sin ningún prejuicio ni tapujo; sin mostrarme como tal pero tampoco sin negarlo, o sea, como una persona más. A no ser que ellas hicieran referencia al tema yo tampoco lo hacía, no fuera que ello les llegara a hastiar o colapsar, y hablábamos de este o cualquier otro tema actual.
Además, esta decisión de presentarme como tal me sirvió como filtro natural de amistades; es decir, que personas más cerradas de mente o conservadoras ni se dignaban a devolverme un saludo o dirigirme la palabra, pero sin embargo conectaba muy bien con las que sí lo hacían. No hacía falta perder tiempo, pues, con las que se cerraban a mí, y sí disfrutarlo con las que se abrían.Fue aproximadamente en este período de tiempo que se me pasó por la cabeza escribir la primera parte de la presente autobiografía de mi travestismo, y colgarla en un blog. Lo consideré un modo más de exteriorizar al mundo mi faceta. Cuál fue mi sorpresa cuando comencé a recibir mensajes de apoyo y de ánimo, y aplausos sobre mi atrevimiento de exponerlo públicamente. He de decir, sin embargo, que todos ellos fueron de público femenino, ni uno sólo del masculino, el cual va casi exclusivamente por otros derroteros y connotaciones mas bien de tipo sexual; y lamento decirlo como persona de este sexo que soy también. Quizás también sea todo un poco debido a que muchos de los que se travisten también lo hacen mostrando más el lado sexual, y por ello se nos mete a todos en el mismo saco. Una pena. Sin embargo, el hecho de estar en ambos lados me ha enriquecido y servido para comprender mejor, y más desde dentro el carácter, comportamiento y quehacer de la mujer en general, y compararlo con el del hombre. Cuando me sentía asediado por hombres ávidos de sexo virtual comprendía el por qué de las quejas de algunas féminas. Fuera por el motivo que fuese, la realidad es que me interrelacionaba mucho mejor con las mujeres que con los hombres.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
UNA PARTE ESCONDIDA DE MI: TRANSFORMISMO (2)
SEGUNDA PARTE: COMPARTIENDO
Desde que comienzo a dar a conocer mi afición al mundo
Dos años después de escribir mi primera parte, me dispongo a relatar mi evolución y cambios desde entonces, así como descubrir si algunos de mis deseos mencionados en el último capítulo (VIII) se cumplieron
Desde que comienzo a dar a conocer mi afición al mundo
Dos años después de escribir mi primera parte, me dispongo a relatar mi evolución y cambios desde entonces, así como descubrir si algunos de mis deseos mencionados en el último capítulo (VIII) se cumplieron
miércoles, 22 de julio de 2009
Reflexiones y conclusiones
Por todo ello deduzco que lo que me induce al travestismo realmente es el hecho de cuánto me gusta ver a una mujer, su belleza y variedad en el vestir, la sensualidad de muchas de las prendas que utiliza, como cuando alguien se ha fijado en una cosa y no se queda tranquilo hasta que la ha conseguido o adquirido. Pues ese es también mi caso, hasta que no consigo lo que he visto (verme como ella) no me quedo satisfecho. Mi tendencia sexual es completamente hetero 100%, e incluso podría decir que está por encima de este porcentaje. Mi atracción es totalmente sólo por la estética femenina y mi rabia por no poder presumir yo con ella
Quizás también esté mezclado con algo de fetichismo, quizás de las medias, minifaldas y tacones principalmente. No lo sé muy bien realmente, pero sí que tengo claro de que si no hubiera discriminación del vestuario a llevar por cuestión del sexo al que pertenecemos, y pudiéramos decidir en cualquier momento como hace cualquier mujer qué prenda ponernos (falda o pantalón, medias o calcetines, zapato plano o alto, maquillaje o no, etc) seguro que no existiría al menos en mí ese magnetismo por lo femenino ya que pasaría a convertirse en unisex. Seguramente lo llevaría con mucha más naturalidad, como cuando llevo un pantalón y, por tanto ya no existiría ese probable fetichismo, si es eso lo que existe. Es como querer hacer lo prohibido, y ya se sabe que lo prohibido, por el hecho de serlo, hace que el poder realizarlo sea más satisfactorio y el deseo de conseguirlo aumente.
Quizás también pueda deberse mi atracción por ello al hecho de considerarlo como parte del juego sexual, una variante más de ella.
Sea cual sea el motivo que me indujo a ello desde pequeño, el hecho está ahí, y es algo mucho más común de lo que parece entre los hombres. Desde la antigüedad es un hecho ya conocido, y hoy en dia es algo muy habitual entre nosotros. Si todos los hombres nos sinceráramos como lo he hecho yo en el presente relato, doy por sentado que un porcentaje de dos dígitos y no precisamente comenzando con el uno, sería el resultado obtenido. Es algo que sé a ciencia cierta porque he podido comprobarlo.
Cómo me gustaría algún dia poderme presentar en el trabajo con una falda puesta, por ejemplo, con toda naturalidad. Pero eso no es posible en la actual sociedad, que aunque más abierta y permisiva, sigue fijándose demasiado en lo estéticamente correcto o no correcto. Y claro, presentarse un hombre con falda en el trabajo no es estéticamente correcto, y probablemente tampoco lo sería moralmente. ¿qué iban a decir los compañeros de trabajo? ¿qué diria un posible cliente? ¿cuál sería de la imagen de nuestra empresa?, etc, y otros comentarios similares. Aunque quizás esas mismas personas que lo ven así, al llegar a sus casas se transvisten también a escondidas. Porque no nos engañemos, un hombre vestido de mujer no tiene futuro laboral entendido como tal, más bien debería buscarse el futuro en el mundo del espectáculo u otros mundos que prefiero no mencionar, y no todo el mundo está dispuesto a eso.
Y todo ello a consecuencia del poder que tienen reglas no dictadas ni escritas por nadie, unas reglas morales que solo tenemos los humanos entre todo el reino animal existente, unas reglas que aunque no existan en papel si son transgredidas pueden tener consecuencias incluso emocionales para quien las sufre si no es capaz de adaptarse a las normas establecidas. ¿Por qué no pensamos más en felicidad del dia a dia de la persona, y no en la apariencia, y el qué dirán?.
Parece que todo va avanzando, aunque muy lentamente, ya que muchas personas dicen tener la mente más abierta que en otras épocas anteriores de sus vidas, pero ello siempre que no les afecte a ellas de un modo u otro, claro, con lo cual es solo es una abertura mental por conveniencia y no verdadera.
Por ello envidio a las nuevas generaciones que suben desde abajo, las cuales sí he podido comprobar con mentalidad mucho más permisiva en este sentido. Quién sabe, quizás si existe realmente la reencarnación vuelva a otra época más favorable para el desarrollo humano sin limitación, porque ¿para qué hay que poner limitaciones a los sentimimientos o deseos de una persona, que no son dañinos para las personas ajenas? Con ello no hacen mal a nadie y podrían desarrollarse más como persona, como lo que son. Al fin y al cabo esas limitaciones no sólo les privan desarrollarse y vivir como les gustaría en sociedad, sino que además se vuelve contra ellos cortándoles las alas para muchas otras cosas e incluso privándoles de su felicidad, algo a lo que todo el mundo tiene derecho y que parece haberse olvidado
Aunque creo que me he desviado un poco del tema principal de mi relato, creo que está también relacionado con ello. Afortunadamente, y volviendo al tema en cuestión, parece que la moda va avanzando en este sentido, gracias al empujón que parece que están dando los nuevos diseñadores a la nueva moda, el cual también se debe a que, como he comentado anteriormente y aunque no se manifiesta públicamente por no sé que motivo, la demanda masculina de prendas hasta ahora consideradas sólo femeninas está aumentando fuertemente. De hecho ya existen pantys y medias para hombres, y en algunos desfiles ya aparecen con faldas diseñadas exclusivamente para ellos. Es sólo cuestión de que algún famoso o personajes públicos se decidan a dejarse ver con ello puesto, lo cual no creo que pase mucho tiempo para que ocurra. Si nos ponemos a pensar y mirar un poco hacia atrás, hasta hace un par de décadas los pendientes era un complemento exclusivo para la mujer, y hoy en día es totalmente aceptado para el hombre. Lo mismo ocurrirá, pienso, en el futuro con las prendas que acabo de mencionar anteriormente. De hecho tampoco la mujer de principios de siglos llevaba pantalones, ni corbata, etc. ¿Quizás es que ellas son más decididas que nosotros?.¿Tal vez también es que el género masculino es más orgulloso y no quiere admitir y por ello ocultar que sus gustos o tendencias en la moda también evolucionan aunque parezcan transgresores en un principio? Personalmente creo que hay un poco de cierto en cada una de mis preguntas.
Por que mi pregunta final en resumidas cuentas es:
¿qué he hecho yo para no poderme poner un trozo de tela con naturalidad? Si al fin y al cabo es solo eso, un trozo de tela, da igual la forma que tenga ni quien la lleve puesta. ¿Por qué sólo puedo llevarlas con una forma determinada para poder vivir en sociedad? ¿es eso libertad? ... no y no. Porque si propongo dar rienda suelta a mis gustos para vivir con cierta libertad, esos simples trozos de tela o pinturas que pueda llevar encima puestos harán que tenga que vivir al margen de la sociedad en la mayoría de los casos, fuera del entorno laboral, pudiendo incluso acabar marginado socialmente en el peor de los casos.
Así que he decidido vivir en libertad en la intimidad, y en “sociedad” (es decir, sin libertad) fuera de ella.
Quizás también esté mezclado con algo de fetichismo, quizás de las medias, minifaldas y tacones principalmente. No lo sé muy bien realmente, pero sí que tengo claro de que si no hubiera discriminación del vestuario a llevar por cuestión del sexo al que pertenecemos, y pudiéramos decidir en cualquier momento como hace cualquier mujer qué prenda ponernos (falda o pantalón, medias o calcetines, zapato plano o alto, maquillaje o no, etc) seguro que no existiría al menos en mí ese magnetismo por lo femenino ya que pasaría a convertirse en unisex. Seguramente lo llevaría con mucha más naturalidad, como cuando llevo un pantalón y, por tanto ya no existiría ese probable fetichismo, si es eso lo que existe. Es como querer hacer lo prohibido, y ya se sabe que lo prohibido, por el hecho de serlo, hace que el poder realizarlo sea más satisfactorio y el deseo de conseguirlo aumente.
Quizás también pueda deberse mi atracción por ello al hecho de considerarlo como parte del juego sexual, una variante más de ella.
Sea cual sea el motivo que me indujo a ello desde pequeño, el hecho está ahí, y es algo mucho más común de lo que parece entre los hombres. Desde la antigüedad es un hecho ya conocido, y hoy en dia es algo muy habitual entre nosotros. Si todos los hombres nos sinceráramos como lo he hecho yo en el presente relato, doy por sentado que un porcentaje de dos dígitos y no precisamente comenzando con el uno, sería el resultado obtenido. Es algo que sé a ciencia cierta porque he podido comprobarlo.
Cómo me gustaría algún dia poderme presentar en el trabajo con una falda puesta, por ejemplo, con toda naturalidad. Pero eso no es posible en la actual sociedad, que aunque más abierta y permisiva, sigue fijándose demasiado en lo estéticamente correcto o no correcto. Y claro, presentarse un hombre con falda en el trabajo no es estéticamente correcto, y probablemente tampoco lo sería moralmente. ¿qué iban a decir los compañeros de trabajo? ¿qué diria un posible cliente? ¿cuál sería de la imagen de nuestra empresa?, etc, y otros comentarios similares. Aunque quizás esas mismas personas que lo ven así, al llegar a sus casas se transvisten también a escondidas. Porque no nos engañemos, un hombre vestido de mujer no tiene futuro laboral entendido como tal, más bien debería buscarse el futuro en el mundo del espectáculo u otros mundos que prefiero no mencionar, y no todo el mundo está dispuesto a eso.
Y todo ello a consecuencia del poder que tienen reglas no dictadas ni escritas por nadie, unas reglas morales que solo tenemos los humanos entre todo el reino animal existente, unas reglas que aunque no existan en papel si son transgredidas pueden tener consecuencias incluso emocionales para quien las sufre si no es capaz de adaptarse a las normas establecidas. ¿Por qué no pensamos más en felicidad del dia a dia de la persona, y no en la apariencia, y el qué dirán?.
Parece que todo va avanzando, aunque muy lentamente, ya que muchas personas dicen tener la mente más abierta que en otras épocas anteriores de sus vidas, pero ello siempre que no les afecte a ellas de un modo u otro, claro, con lo cual es solo es una abertura mental por conveniencia y no verdadera.
Por ello envidio a las nuevas generaciones que suben desde abajo, las cuales sí he podido comprobar con mentalidad mucho más permisiva en este sentido. Quién sabe, quizás si existe realmente la reencarnación vuelva a otra época más favorable para el desarrollo humano sin limitación, porque ¿para qué hay que poner limitaciones a los sentimimientos o deseos de una persona, que no son dañinos para las personas ajenas? Con ello no hacen mal a nadie y podrían desarrollarse más como persona, como lo que son. Al fin y al cabo esas limitaciones no sólo les privan desarrollarse y vivir como les gustaría en sociedad, sino que además se vuelve contra ellos cortándoles las alas para muchas otras cosas e incluso privándoles de su felicidad, algo a lo que todo el mundo tiene derecho y que parece haberse olvidado
Aunque creo que me he desviado un poco del tema principal de mi relato, creo que está también relacionado con ello. Afortunadamente, y volviendo al tema en cuestión, parece que la moda va avanzando en este sentido, gracias al empujón que parece que están dando los nuevos diseñadores a la nueva moda, el cual también se debe a que, como he comentado anteriormente y aunque no se manifiesta públicamente por no sé que motivo, la demanda masculina de prendas hasta ahora consideradas sólo femeninas está aumentando fuertemente. De hecho ya existen pantys y medias para hombres, y en algunos desfiles ya aparecen con faldas diseñadas exclusivamente para ellos. Es sólo cuestión de que algún famoso o personajes públicos se decidan a dejarse ver con ello puesto, lo cual no creo que pase mucho tiempo para que ocurra. Si nos ponemos a pensar y mirar un poco hacia atrás, hasta hace un par de décadas los pendientes era un complemento exclusivo para la mujer, y hoy en día es totalmente aceptado para el hombre. Lo mismo ocurrirá, pienso, en el futuro con las prendas que acabo de mencionar anteriormente. De hecho tampoco la mujer de principios de siglos llevaba pantalones, ni corbata, etc. ¿Quizás es que ellas son más decididas que nosotros?.¿Tal vez también es que el género masculino es más orgulloso y no quiere admitir y por ello ocultar que sus gustos o tendencias en la moda también evolucionan aunque parezcan transgresores en un principio? Personalmente creo que hay un poco de cierto en cada una de mis preguntas.
Por que mi pregunta final en resumidas cuentas es:
¿qué he hecho yo para no poderme poner un trozo de tela con naturalidad? Si al fin y al cabo es solo eso, un trozo de tela, da igual la forma que tenga ni quien la lleve puesta. ¿Por qué sólo puedo llevarlas con una forma determinada para poder vivir en sociedad? ¿es eso libertad? ... no y no. Porque si propongo dar rienda suelta a mis gustos para vivir con cierta libertad, esos simples trozos de tela o pinturas que pueda llevar encima puestos harán que tenga que vivir al margen de la sociedad en la mayoría de los casos, fuera del entorno laboral, pudiendo incluso acabar marginado socialmente en el peor de los casos.
Así que he decidido vivir en libertad en la intimidad, y en “sociedad” (es decir, sin libertad) fuera de ella.
lunes, 13 de julio de 2009
VIII. De nuevo a mi aire
Pasaron casi dos años hasta que concluyó mi relación de pareja. Me fui a vivir solo y me llevé conmigo las prendas que ella me dio, mis zapatos, pinturas etc.
Pensé entonces que ahora que volvía a ser independiente, podría dedicarme más enteramente a ello, comprarme ropa e ir todo el dia vestido con faldas por casa. Pero nada más lejos de la realidad. Quizás fuera el hecho de que hacerlo de nuevo a solas y sólo para mi propia intimidad ya no me atraía. Era algo que ya practiqué en una etapa anterior y bastante extensa de mi vida, con lo cual nada fue lo que yo tan ilusionado creía que iba a ser. Algún día desde entonces sí que me trasvisto, pero es casi más por no dejarlo en el olvido o después de haber visto alguna mujer muy bien vestida por la calle según mi gusto. Cuando veo alguna mujer con falda, medias y zapatos de tacón alto, me gusta tanto que me gustaría llevarlo también yo puesto. Y entonces, si que cuando llego a casa, y si aún me perdura la sensación, me transformo al menos de cintura a pies.
Ahora, y supongo que como continuación o una evolución en todo ello, me gustaría algún dia satisfacer mi curiosidad de poder salir a la calle vestido de mujer, pero con otra mujer al lado para no sentirme tan desamparado. Ir a comprar con ella alguna pieza para mí, o que me la regalara ella, y probármela en los probadores de la tienda, y ya puestos que la vendedora me diera su opinión sobre como me queda, jaja. Pero esto es ya una fantasía que no tengo previsto que se cumpla.
Eso sí, el dia que vuelva a vivir en pareja, no dudaré en poner en su conocimiento mi afición, para tenerla al corriente por si en alguna ocasión me de ponerla en práctica. No es una afición de adicción al juego, a las drogas, alcohol, ni nada por el estilo que pueda destruir o arruinar a la persona que tienes al lado, es sólo algo inofensivo como cuando un niño juega con un juguete cuando le place hacerlo. Si mi posible pareja no aceptara esto creo que no volvería a embarcarme en una relación a largo plazo. Aunque ya se sabe que en cuestión de sentimientos, éstos suelen vencer a la razón y lo previsto puede caer al mar y que se lo lleve las olas o ir a parar el fondo del mismo.
Pensé entonces que ahora que volvía a ser independiente, podría dedicarme más enteramente a ello, comprarme ropa e ir todo el dia vestido con faldas por casa. Pero nada más lejos de la realidad. Quizás fuera el hecho de que hacerlo de nuevo a solas y sólo para mi propia intimidad ya no me atraía. Era algo que ya practiqué en una etapa anterior y bastante extensa de mi vida, con lo cual nada fue lo que yo tan ilusionado creía que iba a ser. Algún día desde entonces sí que me trasvisto, pero es casi más por no dejarlo en el olvido o después de haber visto alguna mujer muy bien vestida por la calle según mi gusto. Cuando veo alguna mujer con falda, medias y zapatos de tacón alto, me gusta tanto que me gustaría llevarlo también yo puesto. Y entonces, si que cuando llego a casa, y si aún me perdura la sensación, me transformo al menos de cintura a pies.
Ahora, y supongo que como continuación o una evolución en todo ello, me gustaría algún dia satisfacer mi curiosidad de poder salir a la calle vestido de mujer, pero con otra mujer al lado para no sentirme tan desamparado. Ir a comprar con ella alguna pieza para mí, o que me la regalara ella, y probármela en los probadores de la tienda, y ya puestos que la vendedora me diera su opinión sobre como me queda, jaja. Pero esto es ya una fantasía que no tengo previsto que se cumpla.
Eso sí, el dia que vuelva a vivir en pareja, no dudaré en poner en su conocimiento mi afición, para tenerla al corriente por si en alguna ocasión me de ponerla en práctica. No es una afición de adicción al juego, a las drogas, alcohol, ni nada por el estilo que pueda destruir o arruinar a la persona que tienes al lado, es sólo algo inofensivo como cuando un niño juega con un juguete cuando le place hacerlo. Si mi posible pareja no aceptara esto creo que no volvería a embarcarme en una relación a largo plazo. Aunque ya se sabe que en cuestión de sentimientos, éstos suelen vencer a la razón y lo previsto puede caer al mar y que se lo lleve las olas o ir a parar el fondo del mismo.
lunes, 29 de junio de 2009
VII. Una temporada de complicidad con ella
A partir de ese día, y al ver que su reacción no fue en absoluto contraria, me empezó a venir nuevamente el deseo de vestirme de mujer, a retomar esa afición que creía ya olvidada. Pero se ve que siempre queda algo dentro y que solo hace falta una chispa para que se vuelva a encender la llama.
Después de hacer un estudio de su vestuario y lencería, decidí que me lo probaría todo, bueno, al menos lo que más me atrajera a la vista. Así que pasada una semana desde aquel dia de fotos, decidí empezar la nueva aventura; cada día me pondría una combinación a mi elección, y me haría una foto vestido con ella. Al menos esta idea es la que tenía dentro de mi cabeza, ahora faltaba esperar que ella no pusiera objeciones a ello.
Así que una tarde, mientras ella no estaba en casa, y por tanto con toda la tranquilidad y tiempo necesarios, escogí una combinación de lencería que ella usaba poco con la intención de quedármela ya para posteriores transformaciones. Después abrí su ropero y comencé a pensar en posibles modelos y combinaciones para ponerme. Calculé aproximadamente ocho o nueve posibilidades distintas de poder combinar y vestir con su ropa, eso quería decir otras tantas fotos para tomar. Así que finalmente me decidí por una combinación y me vestí con ella, me maquillé y esperé así vestido hasta que llegara.
Estaba intrigado por la reacción que tendría, ya que la época de carnaval ya pasó y ahora no tendría excusa para explicarle esto. Oí que abría la puerta de entrada, y una vez llegó al salón donde yo me encontraba se me quedó mirando con una sonrisa y me dijo: “qué guapa estás”. Me hizo gracia y al mismo tiempo respiré ya que ello me dio a entender que no encontraría trabas a lo que yo había pensado antes. Cenamos juntos, los dos vestidos de mujer, y de tanto en tanto me acariciaba por encima las medias y debajo de la falda. Ese tacto, ese roce me ponía frenético, me gustaba mucho que lo hiciera.
Así, pues, en vista de que no le importaba que me vistiera con sus ropas, decidí que tenía que comprarme unos zapatos de tacón alto de mi numeración, es lo único que me faltaba. Decidí entrar en una zapatería, y adquirí unos sin ni siquiera probármelos; ¿cómo iba a probármelos? menuda vergüenza me hubiera hecho. Una vez llegue a casa con ellos, lo primero que hice fue probármelos ya que mi número de pie era más grande que el de las sandalias que compré, pero era el número más alto para mujer disponible en tiendas. Qué bien me sentí cuando vi que, aunque un poco forzado, conseguí meter mis pies en ellas. El hecho de ser un zapato abierto fue una ventaja para podérmelos meter. Tenían trece centímetros de tacón y realmente me sentí muy alto y torpe para andar encima de ellos. Pero que ganas tenía de calzarme unos así, era como un fetiche lo que sentía por ellos.
Ya con todo, otra tarde decidí vestirme nuevamente pero con otro modelito, y ahora ya con zapatos, y esperarla. Era la primera vez que me compré algo que no fuera para el género masculino, así que quedé pendiente nuevamente de su reacción ante este hecho, otra prueba más. Cuando llegó y me vio sonrió de nuevo y me dijo que eran unos zapatos muy bonitos. Le comenté que se los prestaba, pero no quiso ya que se veía incapaz de andar sobre ellos, no estaba acostumbrada al tacón alto. Qué paradoja, el hombre calzaba zapato más alto que la mujer.
Le comenté lo que pensé sobre hacerme una foto con cada modelo y accedió. Y a partir de esa misma tarde empezamos, con lo cual un par de veces a la semana me transformaba para “posar” ante la cámara, hasta que me puse todos los modelos previstos.
He de confesar que una vez ya acabamos con todas las fotos previstas, seguí trasvistiéndome, con más o menos intensidad en cada ocasión dependiendo de la necesidad que tenía en ese momento. Aunque era ya una necesidad mezclada con deseo o juego sexual. Recuerdo que incluso alguna vez cuando se compraba un vestido o falda me la ofrecía por su propia voluntad para probármela si me apetecía. Me gustaba que vestido de mujer me metiera mano por debajo la falda, pero lo que buscaba a fin de cuentas era poder hacer el amor con ella vestido con ropa femenina, que ella me desvistiera, etc... era una fantasía que propuse realizar.... y la cual acabó convirtiéndose en realidad sin yo apenas insinuarlo. Imagino que también le debió dar un cierto morbo a ella, y más cuando veía que al estar vestido de mujer mi miembro viril se elevaba al máximo exponente. Así que finalmente una noche, cuando nos disponíamos a desvestirnos para meternos en la cama, me privó de hacerlo, me echó sobre la cama y me dijo que lo haría ella. Era lo que llevaba esperando hacía tiempo. Así que entremedio de las caricias y juego sexual me iba desvistiendo poco a poco. Fue muy placentero para mí haberlo hecho de aquella manera.
Y queriendo probar aún más, decidí una noche meterme en la cama con braguita y camisón sin decirle nada y esperarla así. Cuando se acostó y me tocó, lo hizo por dos veces, jaja, sabía que algo no habitual llevaba puesto. Encendió la luz, levantó las sábanas y se confirmaron sus sospechas. Esto creo que no le fue tan indiferente como el hecho de ir travestido por casa, pero accedió a continuar el juego.
Después de hacer un estudio de su vestuario y lencería, decidí que me lo probaría todo, bueno, al menos lo que más me atrajera a la vista. Así que pasada una semana desde aquel dia de fotos, decidí empezar la nueva aventura; cada día me pondría una combinación a mi elección, y me haría una foto vestido con ella. Al menos esta idea es la que tenía dentro de mi cabeza, ahora faltaba esperar que ella no pusiera objeciones a ello.
Así que una tarde, mientras ella no estaba en casa, y por tanto con toda la tranquilidad y tiempo necesarios, escogí una combinación de lencería que ella usaba poco con la intención de quedármela ya para posteriores transformaciones. Después abrí su ropero y comencé a pensar en posibles modelos y combinaciones para ponerme. Calculé aproximadamente ocho o nueve posibilidades distintas de poder combinar y vestir con su ropa, eso quería decir otras tantas fotos para tomar. Así que finalmente me decidí por una combinación y me vestí con ella, me maquillé y esperé así vestido hasta que llegara.
Estaba intrigado por la reacción que tendría, ya que la época de carnaval ya pasó y ahora no tendría excusa para explicarle esto. Oí que abría la puerta de entrada, y una vez llegó al salón donde yo me encontraba se me quedó mirando con una sonrisa y me dijo: “qué guapa estás”. Me hizo gracia y al mismo tiempo respiré ya que ello me dio a entender que no encontraría trabas a lo que yo había pensado antes. Cenamos juntos, los dos vestidos de mujer, y de tanto en tanto me acariciaba por encima las medias y debajo de la falda. Ese tacto, ese roce me ponía frenético, me gustaba mucho que lo hiciera.
Así, pues, en vista de que no le importaba que me vistiera con sus ropas, decidí que tenía que comprarme unos zapatos de tacón alto de mi numeración, es lo único que me faltaba. Decidí entrar en una zapatería, y adquirí unos sin ni siquiera probármelos; ¿cómo iba a probármelos? menuda vergüenza me hubiera hecho. Una vez llegue a casa con ellos, lo primero que hice fue probármelos ya que mi número de pie era más grande que el de las sandalias que compré, pero era el número más alto para mujer disponible en tiendas. Qué bien me sentí cuando vi que, aunque un poco forzado, conseguí meter mis pies en ellas. El hecho de ser un zapato abierto fue una ventaja para podérmelos meter. Tenían trece centímetros de tacón y realmente me sentí muy alto y torpe para andar encima de ellos. Pero que ganas tenía de calzarme unos así, era como un fetiche lo que sentía por ellos.
Ya con todo, otra tarde decidí vestirme nuevamente pero con otro modelito, y ahora ya con zapatos, y esperarla. Era la primera vez que me compré algo que no fuera para el género masculino, así que quedé pendiente nuevamente de su reacción ante este hecho, otra prueba más. Cuando llegó y me vio sonrió de nuevo y me dijo que eran unos zapatos muy bonitos. Le comenté que se los prestaba, pero no quiso ya que se veía incapaz de andar sobre ellos, no estaba acostumbrada al tacón alto. Qué paradoja, el hombre calzaba zapato más alto que la mujer.
Le comenté lo que pensé sobre hacerme una foto con cada modelo y accedió. Y a partir de esa misma tarde empezamos, con lo cual un par de veces a la semana me transformaba para “posar” ante la cámara, hasta que me puse todos los modelos previstos.
He de confesar que una vez ya acabamos con todas las fotos previstas, seguí trasvistiéndome, con más o menos intensidad en cada ocasión dependiendo de la necesidad que tenía en ese momento. Aunque era ya una necesidad mezclada con deseo o juego sexual. Recuerdo que incluso alguna vez cuando se compraba un vestido o falda me la ofrecía por su propia voluntad para probármela si me apetecía. Me gustaba que vestido de mujer me metiera mano por debajo la falda, pero lo que buscaba a fin de cuentas era poder hacer el amor con ella vestido con ropa femenina, que ella me desvistiera, etc... era una fantasía que propuse realizar.... y la cual acabó convirtiéndose en realidad sin yo apenas insinuarlo. Imagino que también le debió dar un cierto morbo a ella, y más cuando veía que al estar vestido de mujer mi miembro viril se elevaba al máximo exponente. Así que finalmente una noche, cuando nos disponíamos a desvestirnos para meternos en la cama, me privó de hacerlo, me echó sobre la cama y me dijo que lo haría ella. Era lo que llevaba esperando hacía tiempo. Así que entremedio de las caricias y juego sexual me iba desvistiendo poco a poco. Fue muy placentero para mí haberlo hecho de aquella manera.
Y queriendo probar aún más, decidí una noche meterme en la cama con braguita y camisón sin decirle nada y esperarla así. Cuando se acostó y me tocó, lo hizo por dos veces, jaja, sabía que algo no habitual llevaba puesto. Encendió la luz, levantó las sábanas y se confirmaron sus sospechas. Esto creo que no le fue tan indiferente como el hecho de ir travestido por casa, pero accedió a continuar el juego.
miércoles, 17 de junio de 2009
VI. Mi primera vez ante mi pareja
Llevaba unas semanas fijándome en el vestuario del ropero de mi pareja. Era simple curiosidad, pero supongo que el hecho de que volviera de nuevo a mí la misma después de tantos años significaba algo. Creo que quizás el hecho de llegar a una rutina como modo de vida con ella hizo que se me pasara por la cabeza el echar mano de su ropa para de paso animar un poco la situación tanto a nivel emocional como quizás también sexual.
El hecho es que una noche, aprovechando que estábamos en la semana de carnaval, mientras ella estaba en otra dependencia de la casa ocupada en sus cosas, me dirigí a su armario y me puse una blusa y una falda suyas, con ropa interior incluida. Y así vestido pasé por delante de ella como si nada, como lo más natural del mundo aunque saltaba a la vista que yo estaba temblando y no por el frío precisamente (que también lo hacia). Se me quedó mirando, muda, sin articular palabra, como pensando en lo que acababa de ver o más bien asimilando lo que acababa de ver pasar ante ella. Al ver su reacción le pregunté que qué le pasaba, que por qué estaba mirándome fijamente de esa manera (en el fondo soy muy sarcástico, jeje), a lo que me contestó que qué hacía vestido de aquella manera. Le comenté que me disfracé ya que era carnaval, y creo que eso la hizo gracia. Me dijo que me quedaba muy bien. El caso es que me quedé así vestido un buen rato.
En los siguientes días, y como queriéndome informar bien de la importancia que ella había dado a esto, (en realidad ninguna ya que era simplemente un disfraz en un dia festivo para ello) le fui lanzando insinuaciones: que si me hubiera gustado vestirme mejor pero no tuve tiempo, que si quizás lo haría de nuevo para así poderme hacer una foto, etc. El hecho es que finalmente accedió sin problemas a que me volviera a vestir de mujer con la excusa de poderme hacer una foto; pero esta vez le dije que tenía que ser ella quien escogiera la ropa que quisiera que me pusiera, y después que me maquillase también.
Todo ello me produjo la misma sensación que la del primer día que lo hice cuando era niño: nervios, temblor, excitación, etc.... de hecho era la primera vez que me vestiría así estando alguien más junto a mí, no era ya sólo para mi propia intimidad sino que era compartirlo con la mujer que amaba en ese momento. Además el hecho de que fuera ella la encargada de seleccionar todo lo necesario para mi transformación me hacía subir aún más la líbido.
Así que me puso todo lo necesario sobre la cama: lencería, ropa, etc y me vestí junto a ella. Qué momento más inolvidable, hacía años que no hacía aquello y era como empezar de nuevo. Me ayudó a vestirme y a continuación me maquilló y me prestó algún collar y pendientes. Eché a faltar el calzado, pero mi numeración de zapato era mayor que la suya.
Una vez vestido, empezó a tomarme alguna que otra foto, y yo encantadísimo de que me las tomara. Llevaba una sobreexcitación continua en mí, la cual era aparente y saltaba a la vista, y ella así lo notó y me lo comentó. Hay cosas que no engañan a la vista y solo con observar el bulto bajo mi falda lo aclaraba todo. Nada me hubiera gustado más en ese momento que hacer el amor con ella vestido de mujer, algo nuevo para mí y supongo que también para ella..
El hecho es que una noche, aprovechando que estábamos en la semana de carnaval, mientras ella estaba en otra dependencia de la casa ocupada en sus cosas, me dirigí a su armario y me puse una blusa y una falda suyas, con ropa interior incluida. Y así vestido pasé por delante de ella como si nada, como lo más natural del mundo aunque saltaba a la vista que yo estaba temblando y no por el frío precisamente (que también lo hacia). Se me quedó mirando, muda, sin articular palabra, como pensando en lo que acababa de ver o más bien asimilando lo que acababa de ver pasar ante ella. Al ver su reacción le pregunté que qué le pasaba, que por qué estaba mirándome fijamente de esa manera (en el fondo soy muy sarcástico, jeje), a lo que me contestó que qué hacía vestido de aquella manera. Le comenté que me disfracé ya que era carnaval, y creo que eso la hizo gracia. Me dijo que me quedaba muy bien. El caso es que me quedé así vestido un buen rato.
En los siguientes días, y como queriéndome informar bien de la importancia que ella había dado a esto, (en realidad ninguna ya que era simplemente un disfraz en un dia festivo para ello) le fui lanzando insinuaciones: que si me hubiera gustado vestirme mejor pero no tuve tiempo, que si quizás lo haría de nuevo para así poderme hacer una foto, etc. El hecho es que finalmente accedió sin problemas a que me volviera a vestir de mujer con la excusa de poderme hacer una foto; pero esta vez le dije que tenía que ser ella quien escogiera la ropa que quisiera que me pusiera, y después que me maquillase también.
Todo ello me produjo la misma sensación que la del primer día que lo hice cuando era niño: nervios, temblor, excitación, etc.... de hecho era la primera vez que me vestiría así estando alguien más junto a mí, no era ya sólo para mi propia intimidad sino que era compartirlo con la mujer que amaba en ese momento. Además el hecho de que fuera ella la encargada de seleccionar todo lo necesario para mi transformación me hacía subir aún más la líbido.
Así que me puso todo lo necesario sobre la cama: lencería, ropa, etc y me vestí junto a ella. Qué momento más inolvidable, hacía años que no hacía aquello y era como empezar de nuevo. Me ayudó a vestirme y a continuación me maquilló y me prestó algún collar y pendientes. Eché a faltar el calzado, pero mi numeración de zapato era mayor que la suya.
Una vez vestido, empezó a tomarme alguna que otra foto, y yo encantadísimo de que me las tomara. Llevaba una sobreexcitación continua en mí, la cual era aparente y saltaba a la vista, y ella así lo notó y me lo comentó. Hay cosas que no engañan a la vista y solo con observar el bulto bajo mi falda lo aclaraba todo. Nada me hubiera gustado más en ese momento que hacer el amor con ella vestido de mujer, algo nuevo para mí y supongo que también para ella..
martes, 19 de mayo de 2009
V. Años de olvido
A partir de entonces todo empezó a cambiar un poco. Quizás porque con 19 años ya comencé a estudiar una carrera universitaria, fui al servicio militar, me introduje en el mercado laboral, etc. Es decir, estaba totalmente ocupado y con otras preocupaciones que reclamaban más mi atención y eran más importantes en mi vida.
Así fue como poco a poco mi afición a travestirme fue decreciendo en cuanto a la frecuencia de practicarla. Sin embargo mi curiosidad y fascinación por los travestís no decreció. Los consideraba como unos artistas, ya que todo arte de transformación lo es.
Pasaron como siete u ocho años, hasta que comencé una relación con la que sería mi pareja durante años, en los que apenas sentí la necesidad de transformarme, aunque recuerdo que cuando en alguna discoteca o bar o simplemente por la calle veía algún travestido, mi atención se volvía hacia él, y me fijaba en como iba vestido y como me gustaría a mí también ir como él. Era el único momento en que ese gusanillo que tenía enterrado asomaba la cabeza por un instante.
A continuación comencé a vivir mi vida en pareja con la mujer que anteriormente mencioné durante ocho años. Y fue en el sèptimo año que desenterré de nuevo ese gusanillo, y cómo no, también por las fiestas de carnaval.
Así fue como poco a poco mi afición a travestirme fue decreciendo en cuanto a la frecuencia de practicarla. Sin embargo mi curiosidad y fascinación por los travestís no decreció. Los consideraba como unos artistas, ya que todo arte de transformación lo es.
Pasaron como siete u ocho años, hasta que comencé una relación con la que sería mi pareja durante años, en los que apenas sentí la necesidad de transformarme, aunque recuerdo que cuando en alguna discoteca o bar o simplemente por la calle veía algún travestido, mi atención se volvía hacia él, y me fijaba en como iba vestido y como me gustaría a mí también ir como él. Era el único momento en que ese gusanillo que tenía enterrado asomaba la cabeza por un instante.
A continuación comencé a vivir mi vida en pareja con la mujer que anteriormente mencioné durante ocho años. Y fue en el sèptimo año que desenterré de nuevo ese gusanillo, y cómo no, también por las fiestas de carnaval.
miércoles, 4 de marzo de 2009
IV. Mi primer dia por la calle
Fue, como no, para unos carnavales, esas fechas en que a veces los disfraces significan algo más que un simple disfraz. Por carnaval, tal como relaté en mi primer capítulo, apareció mi curiosidad por la ropa femenina, y por carnaval también, tuve mi única experiencia con ese vestuario por la calle.
Resulta que entre el grupo de amigos estabamos decidiendo si disfrazarnos o no. No acostumbrábamos a hacerlo, y de hecho jamás lo hice ni me he vuelto a disfrazar desde entonces. Pero al comentar en broma y con una sonrisa (aunque en serio y con deseo dentro de mí) que si alguien se vestía de chica yo también lo haría, uno de mis amigos dijo que ok. No sé si lo dijo en serio, o solo como continuación de las risas. Pero cuando nos despedimos y quedamos en vernos todos por la noche, le dije a él más que nada para comprobar si había dicho aquello en serio: “nos vemos luego. Vendrás con la falda puesta o nos cambiamos en algún lugar?” ; a lo que me contestó: “salimos de casa ya disfrazados”. Esa respuesta fue la que yo esperaba como confirmación a que hoy sería el día de mi nueva experiencia.
Así que con vergüenza, pero como no queriéndole dar importancia de cara a mi familia (aunque para mí sí que la tenía y mucha) les comenté que esta noche habíamos quedado los amigos para disfrazarnos de chica, que era el disfraz más económico de todos. Le pedí a mi madre que me dejara cualquier vestido o prenda a la que no diera mucha utilidad para ponérmela esa noche. Yo ya sabía perfectamente todo lo que tenía, claro. Ella seguro que ni se lo imaginaba. Finalmente me dio un vestido de mi hermana, ya que por altura y estilo de vestir se ajustaba más a mi constitución física, pues era más bien alto y delgado. Así pues me puse uno de sus vestidos, no recuerdo si llegué a ponerme braguitas o slip, y me calcé con unas botas camperas que tenía yo, pero que eran perfectamente válidas para ambos sexos. Después mi madre procedió a maquillarme un poco, pintándome los labios y los ojos. Qué sensación más agradable sentí mientras me maquillaba, ... lo que me hubiera gustado poderlo hacer más a menuda delante de ella sin tener que hacerlo a escondidas. Estaba ya a punto de salir cuando, muy picaronamente por mi parte, y ya que carnavales es en plena época de frío, le sugerí que podría probar a ponerme unos pantys ya que no estaba acostumbrado a ir con las piernas al aire en invierno. Mi sugerencia dio resultado y con una sonrisa en los labios me dio unos (los cuales conocía perfectamente) y me los puse.
Finalmente salí de casa, y como no, una vez más se me cumplió la Ley de Murphy. Fui a topar en la escalera del portal con un vecino, le saludé como si nada casi sin mirarle por la vergüenza que sentía en ese momento, y él también me saludo sin hacer ningún comentario. Aunque ya tampoco me hubiera importado que me lo hubiera hecho ya que lo más difícil ya lo había conseguido y ahora ya estaba muy tranquilo, aunque un poco impaciente por saber que dirían mis amigos cuando me vieran. También se me pasó por la cabeza que quizás el otro amigo que me iba a acompañar con su disfraz hubiera decidido en el último momento no disfrazarse.
En fin, llegué al punto de encuentro y pocos comentarios recibí salvo el típico silbido de bienvenida y poco más. PRUEBA SUPERADA.
Pasamos la noche en una discoteca y algún que otro bar y por momentos, olvidaba que llevaba un vestido y medias puestas,...bueno era más difícil olvidarse de que llevaba las medias ya que la falta de costumbre hacía que se me pegaran en la pierna y constantemente tenía que separar el tejido de pierna, o me las subía y bajaba un poco. Me gustaba acordarme de que las llevaba.
Regresamos a casa a altas horas de la madrugada y me tocó ir en el coche haciendo de copiloto al lado del conductor. Y empezamos con las típicas bromas de haber donde iría a parar la mano del conductor al tener que utilizar la palanca de cambio de velocidad, etc. La verdad es que no había pasado por mi cabeza la posibilidad de verme sentado en el coche enseñando las piernas por debajo de una falda, con unas medias puestas. Fue una imagen que me gustó y pensé en ella más tarde una vez estuve ya en mi cama.Finalmente llegamos a casa, y ya con la almohada al lado fui haciendo un poco de balance de la noche. Llegué a la conclusión de que es la imaginación lo que más deseos levantaba en mí, ya que me sentía muy bien en los momentos en que sabía lo que llevaba puesto, pero en los momentos que no pensaba en ello me sentía como en cualquier otro instante de cualquier dia vestido de hombre. Y por esto mismo, me imagino que si estuviera en mi (y en cualquier hombre) la posibilidad de poder escoger cada dia el vestuario a ponerse (falda, pantalón, calcetín, medias, ...etc) sin haber distinción del mismo por el sexo de cada uno, seguramente no tendría esta afición, y quizás incluso le daría mucha menos importancia a todo ello. Pero la sociedad tiene unas reglas para el vestuario en función del sexo, y si alguien se las quiere saltar tiene que hacerlo a escondidas (normalmente) y por ello el deseo de hacerlo aumenta.
Resulta que entre el grupo de amigos estabamos decidiendo si disfrazarnos o no. No acostumbrábamos a hacerlo, y de hecho jamás lo hice ni me he vuelto a disfrazar desde entonces. Pero al comentar en broma y con una sonrisa (aunque en serio y con deseo dentro de mí) que si alguien se vestía de chica yo también lo haría, uno de mis amigos dijo que ok. No sé si lo dijo en serio, o solo como continuación de las risas. Pero cuando nos despedimos y quedamos en vernos todos por la noche, le dije a él más que nada para comprobar si había dicho aquello en serio: “nos vemos luego. Vendrás con la falda puesta o nos cambiamos en algún lugar?” ; a lo que me contestó: “salimos de casa ya disfrazados”. Esa respuesta fue la que yo esperaba como confirmación a que hoy sería el día de mi nueva experiencia.
Así que con vergüenza, pero como no queriéndole dar importancia de cara a mi familia (aunque para mí sí que la tenía y mucha) les comenté que esta noche habíamos quedado los amigos para disfrazarnos de chica, que era el disfraz más económico de todos. Le pedí a mi madre que me dejara cualquier vestido o prenda a la que no diera mucha utilidad para ponérmela esa noche. Yo ya sabía perfectamente todo lo que tenía, claro. Ella seguro que ni se lo imaginaba. Finalmente me dio un vestido de mi hermana, ya que por altura y estilo de vestir se ajustaba más a mi constitución física, pues era más bien alto y delgado. Así pues me puse uno de sus vestidos, no recuerdo si llegué a ponerme braguitas o slip, y me calcé con unas botas camperas que tenía yo, pero que eran perfectamente válidas para ambos sexos. Después mi madre procedió a maquillarme un poco, pintándome los labios y los ojos. Qué sensación más agradable sentí mientras me maquillaba, ... lo que me hubiera gustado poderlo hacer más a menuda delante de ella sin tener que hacerlo a escondidas. Estaba ya a punto de salir cuando, muy picaronamente por mi parte, y ya que carnavales es en plena época de frío, le sugerí que podría probar a ponerme unos pantys ya que no estaba acostumbrado a ir con las piernas al aire en invierno. Mi sugerencia dio resultado y con una sonrisa en los labios me dio unos (los cuales conocía perfectamente) y me los puse.
Finalmente salí de casa, y como no, una vez más se me cumplió la Ley de Murphy. Fui a topar en la escalera del portal con un vecino, le saludé como si nada casi sin mirarle por la vergüenza que sentía en ese momento, y él también me saludo sin hacer ningún comentario. Aunque ya tampoco me hubiera importado que me lo hubiera hecho ya que lo más difícil ya lo había conseguido y ahora ya estaba muy tranquilo, aunque un poco impaciente por saber que dirían mis amigos cuando me vieran. También se me pasó por la cabeza que quizás el otro amigo que me iba a acompañar con su disfraz hubiera decidido en el último momento no disfrazarse.
En fin, llegué al punto de encuentro y pocos comentarios recibí salvo el típico silbido de bienvenida y poco más. PRUEBA SUPERADA.
Pasamos la noche en una discoteca y algún que otro bar y por momentos, olvidaba que llevaba un vestido y medias puestas,...bueno era más difícil olvidarse de que llevaba las medias ya que la falta de costumbre hacía que se me pegaran en la pierna y constantemente tenía que separar el tejido de pierna, o me las subía y bajaba un poco. Me gustaba acordarme de que las llevaba.
Regresamos a casa a altas horas de la madrugada y me tocó ir en el coche haciendo de copiloto al lado del conductor. Y empezamos con las típicas bromas de haber donde iría a parar la mano del conductor al tener que utilizar la palanca de cambio de velocidad, etc. La verdad es que no había pasado por mi cabeza la posibilidad de verme sentado en el coche enseñando las piernas por debajo de una falda, con unas medias puestas. Fue una imagen que me gustó y pensé en ella más tarde una vez estuve ya en mi cama.Finalmente llegamos a casa, y ya con la almohada al lado fui haciendo un poco de balance de la noche. Llegué a la conclusión de que es la imaginación lo que más deseos levantaba en mí, ya que me sentía muy bien en los momentos en que sabía lo que llevaba puesto, pero en los momentos que no pensaba en ello me sentía como en cualquier otro instante de cualquier dia vestido de hombre. Y por esto mismo, me imagino que si estuviera en mi (y en cualquier hombre) la posibilidad de poder escoger cada dia el vestuario a ponerse (falda, pantalón, calcetín, medias, ...etc) sin haber distinción del mismo por el sexo de cada uno, seguramente no tendría esta afición, y quizás incluso le daría mucha menos importancia a todo ello. Pero la sociedad tiene unas reglas para el vestuario en función del sexo, y si alguien se las quiere saltar tiene que hacerlo a escondidas (normalmente) y por ello el deseo de hacerlo aumenta.
miércoles, 18 de febrero de 2009
III. Pequeños sustos inevitables
Y así seguí, poniendo en práctica mi afición durante cuatro o cinco años más desde entonces, con altibajos en el tiempo. Había temporadas en que me apetecía mucho hacerlo y otras en que me resultaba indiferente. Supongo que es como los ciclos emocionales, etapas eufóricas se suceden de etapas de decaimiento.
Lo cierto es que llevaba a cabo esta afición sólo para mi total intimidad. Nadie estaba al corriente de ello, aunque confieso que en un par o tres de ocasiones no fui descubierto de verdadero milagro. En un par de ellas recuerdo que mis padres regresaron a casa cuando aún llevaba puesta alguna prenda de mujer. En una ocasión llevaba aún puestas una falda y unos pantys y, cuando oí que abrían la puerta de entrada, me fui rápidamente a mi habitación y me lo quité todo rápidamente dejándolas de cualquier manera en mi armario. Lo pasé fatal hasta que pude ponerlas todas bien plegadas y en su sitio, es decir, en el armario de mi madre. Pasaron horas hasta entonces y estaba atemorizado por si a mi madre le daba por abrir mi armario por cualquier motivo, ya que hubiera encontrado en él su ropa, y ya me imagino su pregunta: “¿qué hace mi ropa aquí dentro?”. ¿Qué respuesta podría haberle dado en ese momento? Ufff.
En otra ocasión no tuve tiempo ni de quitarme lo puesto y acabé poniéndome un pantalón encima de los pantys que llevaba. En ocasiones me he preguntado si realmente mi madre no echó nunca a faltar alguna de sus prendas o no las encontró en alguna ocasión desordenadas en sus cajones.
La última ocasión en que estuve a punto de ser descubierto estaba totalmente maquillado y recuerdo que me encerré rápidamente en el baño y comencé a lavarme la cara de maquillaje a toda velocidad intentando no dejar correr durante demasiado rato el agua para no levantar sospechas. Supongo que algún resto de pintura debió quedar en mi cara, ya el agua tampoco hace milagros con ella, así que intente no encontrarme de cara con mis padres y salí a dar un paseo.
Pero, a pesar de todos estos sustos, no abandoné mi afición. El magnetismo que ejercía sobre mí esa figura mía de mujer ante el espejo era demasiado grande.
Y así seguí, hasta que a los 18 años aproximadamente, se me presentó sin querer la primera oportunidad de ir vestido de mujer por la calle. Fue la primera y última vez.
Lo cierto es que llevaba a cabo esta afición sólo para mi total intimidad. Nadie estaba al corriente de ello, aunque confieso que en un par o tres de ocasiones no fui descubierto de verdadero milagro. En un par de ellas recuerdo que mis padres regresaron a casa cuando aún llevaba puesta alguna prenda de mujer. En una ocasión llevaba aún puestas una falda y unos pantys y, cuando oí que abrían la puerta de entrada, me fui rápidamente a mi habitación y me lo quité todo rápidamente dejándolas de cualquier manera en mi armario. Lo pasé fatal hasta que pude ponerlas todas bien plegadas y en su sitio, es decir, en el armario de mi madre. Pasaron horas hasta entonces y estaba atemorizado por si a mi madre le daba por abrir mi armario por cualquier motivo, ya que hubiera encontrado en él su ropa, y ya me imagino su pregunta: “¿qué hace mi ropa aquí dentro?”. ¿Qué respuesta podría haberle dado en ese momento? Ufff.
En otra ocasión no tuve tiempo ni de quitarme lo puesto y acabé poniéndome un pantalón encima de los pantys que llevaba. En ocasiones me he preguntado si realmente mi madre no echó nunca a faltar alguna de sus prendas o no las encontró en alguna ocasión desordenadas en sus cajones.
La última ocasión en que estuve a punto de ser descubierto estaba totalmente maquillado y recuerdo que me encerré rápidamente en el baño y comencé a lavarme la cara de maquillaje a toda velocidad intentando no dejar correr durante demasiado rato el agua para no levantar sospechas. Supongo que algún resto de pintura debió quedar en mi cara, ya el agua tampoco hace milagros con ella, así que intente no encontrarme de cara con mis padres y salí a dar un paseo.
Pero, a pesar de todos estos sustos, no abandoné mi afición. El magnetismo que ejercía sobre mí esa figura mía de mujer ante el espejo era demasiado grande.
Y así seguí, hasta que a los 18 años aproximadamente, se me presentó sin querer la primera oportunidad de ir vestido de mujer por la calle. Fue la primera y última vez.
viernes, 13 de febrero de 2009
II. Mi primera transformación
Comencé por ponerme unas braguitas y una falda; mi miembro se puso erecto al instante. Era mi estreno vestido con indumentaria femenina y me gustó tanto verme así que decidí continuar probándome más piezas. Cogí unos pantys y, con cierta dificultad por los nervios y por la delicadeza de los mismos, finalmente conseguí enfundármelos y la reacción que me provocó fue realmente inesperada: hizo aflorar en mí una sensibilidad que casi desconocía, quizás por el tacto y textura de su roce con mi piel; fue muy especial y todos los pelos de mi cuerpo se erizaron de repente. Una prenda en la cual apenas me había fijado hasta entonces fue la que más reacción provocó en mí (aún hoy en día es la prenda que más me erotiza y por la que siento más atracción). Quedé mirándome un buen rato ante el espejo del vestidor, en el cual podía verme a cuerpo entero, fijándome con incredulidad en mi nueva imagen femenina, esa que tanto había buscado conseguir algún día. Lógicamente todo ello acabó en una masturbación.
Desde aquel día siempre esperaba en quedarme a solas por algunas horas para volver a experimentar esa sensación de llevar vestuario femenino. Recuerdo que en ocasiones me llegué a probar hasta cuatro o cinco vestidos en poco más de un cuarto de hora. Me ponía uno, me miraba y después me lo cambiaba por otro. Prácticamente me probé todos los disponibles en el armario y toda la lencería de los cajones. Y, claro, avanzando un paso más decidí probar a maquillarme. Debió de ser a la tercera o cuarta vez de trasvestirme. Cogí una barra de labios, una sombre de ojos y un pincel de rimmel, sin saber ni como se usaba cada una de ellos. De forma bastante grotesca por no tener nada de práctica en ello, me pinté los labios con la barra más roja y llamativa que encontré, y apreté el labio superior contra el inferior una vez ya estaban llenos de carmín, no sé muy bien por qué lo hice pero es lo que había visto hacer en cierta ocasión a alguna mujer. Continué con la sombra de ojos, muy azul, colocada muy torpemente y después con el rimmel me pinté las pestañas como mejor pude. Me quedó una cara con muchos contrastes dada mi torpeza, pero solo por el hecho de resaltar todo ello en la misma, me gustó.
Hecho esto, me dirigí de nuevo ante el espejo del vestidor para verme esta vez ya totalmente vestido de mujer, con maquillaje, ropa e incluso zapatos de tacón alto, que aunque un poco justos conseguí ponerme (qué dificil era poder caminar sobre ellos). No me dejé nada por probar, pues incluso rellené el sujetador con trapos para conseguir una apariencia de pechos femeninos. Tuve suerte de que mi madre también tenía unos pendientes con cierre de clip, los cuales también me puse. Sólo me faltaba una peluca, aunque creo que el hecho de verme con un corte de pelo masculino también me daba cierto morbo.Continué yendo más allá y comencé a imitar algunas poses que había visto hacer a las mujeres, siempre mirándome al espejo ya que me eso me estimulaba mucho: daba besos sugerentes con esos labios tan rojos, me tocaba los pechos como si quisiera ponerme bien el sujetador, me sentaba en una silla frente al espejo cruzando las piernas a un lado y después hacia el otro, dejando entrever que llevaba puesto bajo la falda, la cual después me subía para dejar ver en toda su extensión mis largas piernas dentro de esos pantys tan erotizadores y que acababan en esos zapatos de tacón. Todo ello era como un juego para mí, y me gustaba verme transformado. Solo por el hecho de ponerme a pensar que a quien veía en el espejo con esa apariencia femenina era yo me excitaba mucho y hacía que este juego se convirtiera en un juego sexual, acabando mi mano bajo la falda.
Desde aquel día siempre esperaba en quedarme a solas por algunas horas para volver a experimentar esa sensación de llevar vestuario femenino. Recuerdo que en ocasiones me llegué a probar hasta cuatro o cinco vestidos en poco más de un cuarto de hora. Me ponía uno, me miraba y después me lo cambiaba por otro. Prácticamente me probé todos los disponibles en el armario y toda la lencería de los cajones. Y, claro, avanzando un paso más decidí probar a maquillarme. Debió de ser a la tercera o cuarta vez de trasvestirme. Cogí una barra de labios, una sombre de ojos y un pincel de rimmel, sin saber ni como se usaba cada una de ellos. De forma bastante grotesca por no tener nada de práctica en ello, me pinté los labios con la barra más roja y llamativa que encontré, y apreté el labio superior contra el inferior una vez ya estaban llenos de carmín, no sé muy bien por qué lo hice pero es lo que había visto hacer en cierta ocasión a alguna mujer. Continué con la sombra de ojos, muy azul, colocada muy torpemente y después con el rimmel me pinté las pestañas como mejor pude. Me quedó una cara con muchos contrastes dada mi torpeza, pero solo por el hecho de resaltar todo ello en la misma, me gustó.
Hecho esto, me dirigí de nuevo ante el espejo del vestidor para verme esta vez ya totalmente vestido de mujer, con maquillaje, ropa e incluso zapatos de tacón alto, que aunque un poco justos conseguí ponerme (qué dificil era poder caminar sobre ellos). No me dejé nada por probar, pues incluso rellené el sujetador con trapos para conseguir una apariencia de pechos femeninos. Tuve suerte de que mi madre también tenía unos pendientes con cierre de clip, los cuales también me puse. Sólo me faltaba una peluca, aunque creo que el hecho de verme con un corte de pelo masculino también me daba cierto morbo.Continué yendo más allá y comencé a imitar algunas poses que había visto hacer a las mujeres, siempre mirándome al espejo ya que me eso me estimulaba mucho: daba besos sugerentes con esos labios tan rojos, me tocaba los pechos como si quisiera ponerme bien el sujetador, me sentaba en una silla frente al espejo cruzando las piernas a un lado y después hacia el otro, dejando entrever que llevaba puesto bajo la falda, la cual después me subía para dejar ver en toda su extensión mis largas piernas dentro de esos pantys tan erotizadores y que acababan en esos zapatos de tacón. Todo ello era como un juego para mí, y me gustaba verme transformado. Solo por el hecho de ponerme a pensar que a quien veía en el espejo con esa apariencia femenina era yo me excitaba mucho y hacía que este juego se convirtiera en un juego sexual, acabando mi mano bajo la falda.
jueves, 5 de febrero de 2009
I. El origen de todo
Intentaré aquí explicar una parte de mí, que aunque no afecta prácticamente en nada a mi vida social, sí que tiene cierta importancia en mi vida más íntima.
De pequeño sentía siempre atraccion por las niñas, ... hasta aquí todo más o menos normal. Pero esta atracción no era física principalmente, sino estética.
Siempre me ha llamado la atención su forma de vestir, con vestidos, faldas, pantalón, etc. Pero mi principal fijación era el hecho de que llevaran falda. Había algo que me provocaba una curiosidad infantil: pensar qué pudieran llevar debajo de ella y como se podrían sentir llevándola.
Mi interés por todo ello aumentó más cuando recuerdo las tardes de carnaval en el colegio, y dos amigos míos se vistieron de niña, tendría por aquel entonces 11 años. Cuando los vi aparecer de tal guisa, algo como una corriente recorrió por dentro de mí, creo que fue la primer vez que descubrí el deseo por algo que me provocó incluso excitación, entendida sólo como infantil, sin connotaciones sexuales.
Pasado más o menos un año desde entonces, recuerdo que un día me levanté a medianoche y camino a los servicios de mi casa, vi una falda de mi hermana encima de una silla. Entonces, sin pensarlo demasiado pero con dudas por temor a lo que iba a hacer, la cogí y me la llevé al aseo. Una vez dentro, y apoyado contra la puerta por si alguien pudiera levantarse casualmente en ese mismo momento, me la puse. Creo que ya antes de ponérmela, y solo por el mero hecho de pensarlo, estaba excitado. No recuerdo si para aquel entonces ya había descubierto o no lo que significaba tener una erección sexual, pero así lo sentí. Ponerme esa falda al fin despejó mi curiosidad de saber lo que sentían las chicas llevándola puesta y, como poniéndome en su piel, decidí quitarme el pantalón del pijama y quedarme sin nada más debajo de ella. Era la otra sensación que me faltaba por conocer.
A partir de aquella noche no recuerdo mucho de cómo fueron los siguientes meses e incluso años, pero sí recuerdo que cada vez que aparecía un travestí por televisión, esa corriente que me recorrió cuando años antes vi a mis amigos vestidos de niña me volvía a recorrer con más fuerza si cabe. No estoy seguro de ello, pero no me extrañaría que mi primera eyaculación la hubiera tenido pensando en esos hombres vestidos de mujer y cuya imagen me fascinaba; esa transformación externa me alucinaba. Pensaba en su proceso de transformación paso a paso: ponerse braguitas, sujetador, maquillarse, ponerse las medias, el vestido y los zapatos, etc. Realmente me excitaba.
Entonces empecé a fantasear con ser yo el que pudiera realizar esa transformación. Pensaba en que todos esos mismos pasos pero realizándolos yo. Por las noches en mi camapensaba constantemente en ello, y a menudo acaba eyaculando.
Y he aquí que a los 13 años aproximadamente, y estando solo en casa, pues mis padres se habian ido y no volverían hasta pasadas un par de horas por lo menos, quise dejar rienda suelta a mi fantasía y entré en la habitación de ellos. Entré realmente temblando de los nervios por el hecho de pensar lo que me disponía a hacer.
Comencé abriendo los cajones de la ropa interior de mi madre, y curiosear lo que había en ellos, ... y a continuación abrí el armario ropero para observar todos los vestidos, faldas y zapatos que habían dentro de él. Yo estaba tiritando realmente, y con los temblores me dispuse a quitarme toda la ropa que llevaba puesta para comenzar a ponerme por primera vez en mi vida esa ropa que encontraba tan sensual puesta en una mujer; esa ropa que me provocaba tanta atracción y excitación.
De pequeño sentía siempre atraccion por las niñas, ... hasta aquí todo más o menos normal. Pero esta atracción no era física principalmente, sino estética.
Siempre me ha llamado la atención su forma de vestir, con vestidos, faldas, pantalón, etc. Pero mi principal fijación era el hecho de que llevaran falda. Había algo que me provocaba una curiosidad infantil: pensar qué pudieran llevar debajo de ella y como se podrían sentir llevándola.
Mi interés por todo ello aumentó más cuando recuerdo las tardes de carnaval en el colegio, y dos amigos míos se vistieron de niña, tendría por aquel entonces 11 años. Cuando los vi aparecer de tal guisa, algo como una corriente recorrió por dentro de mí, creo que fue la primer vez que descubrí el deseo por algo que me provocó incluso excitación, entendida sólo como infantil, sin connotaciones sexuales.
Pasado más o menos un año desde entonces, recuerdo que un día me levanté a medianoche y camino a los servicios de mi casa, vi una falda de mi hermana encima de una silla. Entonces, sin pensarlo demasiado pero con dudas por temor a lo que iba a hacer, la cogí y me la llevé al aseo. Una vez dentro, y apoyado contra la puerta por si alguien pudiera levantarse casualmente en ese mismo momento, me la puse. Creo que ya antes de ponérmela, y solo por el mero hecho de pensarlo, estaba excitado. No recuerdo si para aquel entonces ya había descubierto o no lo que significaba tener una erección sexual, pero así lo sentí. Ponerme esa falda al fin despejó mi curiosidad de saber lo que sentían las chicas llevándola puesta y, como poniéndome en su piel, decidí quitarme el pantalón del pijama y quedarme sin nada más debajo de ella. Era la otra sensación que me faltaba por conocer.
A partir de aquella noche no recuerdo mucho de cómo fueron los siguientes meses e incluso años, pero sí recuerdo que cada vez que aparecía un travestí por televisión, esa corriente que me recorrió cuando años antes vi a mis amigos vestidos de niña me volvía a recorrer con más fuerza si cabe. No estoy seguro de ello, pero no me extrañaría que mi primera eyaculación la hubiera tenido pensando en esos hombres vestidos de mujer y cuya imagen me fascinaba; esa transformación externa me alucinaba. Pensaba en su proceso de transformación paso a paso: ponerse braguitas, sujetador, maquillarse, ponerse las medias, el vestido y los zapatos, etc. Realmente me excitaba.
Entonces empecé a fantasear con ser yo el que pudiera realizar esa transformación. Pensaba en que todos esos mismos pasos pero realizándolos yo. Por las noches en mi camapensaba constantemente en ello, y a menudo acaba eyaculando.
Y he aquí que a los 13 años aproximadamente, y estando solo en casa, pues mis padres se habian ido y no volverían hasta pasadas un par de horas por lo menos, quise dejar rienda suelta a mi fantasía y entré en la habitación de ellos. Entré realmente temblando de los nervios por el hecho de pensar lo que me disponía a hacer.
Comencé abriendo los cajones de la ropa interior de mi madre, y curiosear lo que había en ellos, ... y a continuación abrí el armario ropero para observar todos los vestidos, faldas y zapatos que habían dentro de él. Yo estaba tiritando realmente, y con los temblores me dispuse a quitarme toda la ropa que llevaba puesta para comenzar a ponerme por primera vez en mi vida esa ropa que encontraba tan sensual puesta en una mujer; esa ropa que me provocaba tanta atracción y excitación.
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