A partir de entonces todo empezó a cambiar un poco. Quizás porque con 19 años ya comencé a estudiar una carrera universitaria, fui al servicio militar, me introduje en el mercado laboral, etc. Es decir, estaba totalmente ocupado y con otras preocupaciones que reclamaban más mi atención y eran más importantes en mi vida.
Así fue como poco a poco mi afición a travestirme fue decreciendo en cuanto a la frecuencia de practicarla. Sin embargo mi curiosidad y fascinación por los travestís no decreció. Los consideraba como unos artistas, ya que todo arte de transformación lo es.
Pasaron como siete u ocho años, hasta que comencé una relación con la que sería mi pareja durante años, en los que apenas sentí la necesidad de transformarme, aunque recuerdo que cuando en alguna discoteca o bar o simplemente por la calle veía algún travestido, mi atención se volvía hacia él, y me fijaba en como iba vestido y como me gustaría a mí también ir como él. Era el único momento en que ese gusanillo que tenía enterrado asomaba la cabeza por un instante.
A continuación comencé a vivir mi vida en pareja con la mujer que anteriormente mencioné durante ocho años. Y fue en el sèptimo año que desenterré de nuevo ese gusanillo, y cómo no, también por las fiestas de carnaval.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario