Llegó el día en que ella me tenía que ver tal como me gustaba a mi verme también, y en el fondo como quería que ella me viera. Compartirlo en toda su magnitud con ella me dio una sensación de calma, paz y relajación interna. Me sentía aligerado de cargas y bien conmigo mismo; y sentirme bien conmigo mismo implicaría sentirme mejor con ella. Estaba expectante por ver cómo sería la situación, cómo se desarrollaría, y si tendría continuación. El resultado fue totalmente satisfactorio. Me sentí muy cómodo, muy natural; como un pieza que encajaba perfectamente en ese escenario. La compenetración y complicidad fue total en todos los aspectos, de principio a fin. Describir las sensaciones a su lado como mujer fue algo estupendo, con unos matices diferentes a estarlo como hombre. Aunque cueste de entender por muchos, había una sensibilidad especial que emanaba en mi en esa situación, distinta a como hombre. Fue como una simbiosis, un mimetismo: travestirme y sensibilidad. No sé si la primera lleva a la segunda o viceversa, pero fue una experiencia agradable.
Desde entonces, si las circunstancias lo permitían (momento y ganas) , la opción de travestirme estaba al alcance de mi mano, y dado a que utilizamos tallas similares en el vestuario podía compartir prácticamente toda su ropa. Vestirme con sus prendas me producía una excitación extra; era como fundirme con ella, como ser los dos una misma persona; me sentía dentro de ella y a ella dentro de mí. Es la máxima expresión del compartir y la complicidad entre ambos.
Me gustaba ser hombre y mujer para ella; como hombre protector y como mujer que recibe sus caricias. Me sentía afortunado de poder disfrutar de todo mi yo expresivo y sensitivo con ella, y de explotarlo. Mi parte sensible y la más ruda. No como hombre o mujer, sino todo fusionado, como persona sin más, como sentimiento, sin estereotipos por cuestión de sexo.
miércoles, 20 de noviembre de 2013
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