Fue, como no, para unos carnavales, esas fechas en que a veces los disfraces significan algo más que un simple disfraz. Por carnaval, tal como relaté en mi primer capítulo, apareció mi curiosidad por la ropa femenina, y por carnaval también, tuve mi única experiencia con ese vestuario por la calle.
Resulta que entre el grupo de amigos estabamos decidiendo si disfrazarnos o no. No acostumbrábamos a hacerlo, y de hecho jamás lo hice ni me he vuelto a disfrazar desde entonces. Pero al comentar en broma y con una sonrisa (aunque en serio y con deseo dentro de mí) que si alguien se vestía de chica yo también lo haría, uno de mis amigos dijo que ok. No sé si lo dijo en serio, o solo como continuación de las risas. Pero cuando nos despedimos y quedamos en vernos todos por la noche, le dije a él más que nada para comprobar si había dicho aquello en serio: “nos vemos luego. Vendrás con la falda puesta o nos cambiamos en algún lugar?” ; a lo que me contestó: “salimos de casa ya disfrazados”. Esa respuesta fue la que yo esperaba como confirmación a que hoy sería el día de mi nueva experiencia.
Así que con vergüenza, pero como no queriéndole dar importancia de cara a mi familia (aunque para mí sí que la tenía y mucha) les comenté que esta noche habíamos quedado los amigos para disfrazarnos de chica, que era el disfraz más económico de todos. Le pedí a mi madre que me dejara cualquier vestido o prenda a la que no diera mucha utilidad para ponérmela esa noche. Yo ya sabía perfectamente todo lo que tenía, claro. Ella seguro que ni se lo imaginaba. Finalmente me dio un vestido de mi hermana, ya que por altura y estilo de vestir se ajustaba más a mi constitución física, pues era más bien alto y delgado. Así pues me puse uno de sus vestidos, no recuerdo si llegué a ponerme braguitas o slip, y me calcé con unas botas camperas que tenía yo, pero que eran perfectamente válidas para ambos sexos. Después mi madre procedió a maquillarme un poco, pintándome los labios y los ojos. Qué sensación más agradable sentí mientras me maquillaba, ... lo que me hubiera gustado poderlo hacer más a menuda delante de ella sin tener que hacerlo a escondidas. Estaba ya a punto de salir cuando, muy picaronamente por mi parte, y ya que carnavales es en plena época de frío, le sugerí que podría probar a ponerme unos pantys ya que no estaba acostumbrado a ir con las piernas al aire en invierno. Mi sugerencia dio resultado y con una sonrisa en los labios me dio unos (los cuales conocía perfectamente) y me los puse.
Finalmente salí de casa, y como no, una vez más se me cumplió la Ley de Murphy. Fui a topar en la escalera del portal con un vecino, le saludé como si nada casi sin mirarle por la vergüenza que sentía en ese momento, y él también me saludo sin hacer ningún comentario. Aunque ya tampoco me hubiera importado que me lo hubiera hecho ya que lo más difícil ya lo había conseguido y ahora ya estaba muy tranquilo, aunque un poco impaciente por saber que dirían mis amigos cuando me vieran. También se me pasó por la cabeza que quizás el otro amigo que me iba a acompañar con su disfraz hubiera decidido en el último momento no disfrazarse.
En fin, llegué al punto de encuentro y pocos comentarios recibí salvo el típico silbido de bienvenida y poco más. PRUEBA SUPERADA.
Pasamos la noche en una discoteca y algún que otro bar y por momentos, olvidaba que llevaba un vestido y medias puestas,...bueno era más difícil olvidarse de que llevaba las medias ya que la falta de costumbre hacía que se me pegaran en la pierna y constantemente tenía que separar el tejido de pierna, o me las subía y bajaba un poco. Me gustaba acordarme de que las llevaba.
Regresamos a casa a altas horas de la madrugada y me tocó ir en el coche haciendo de copiloto al lado del conductor. Y empezamos con las típicas bromas de haber donde iría a parar la mano del conductor al tener que utilizar la palanca de cambio de velocidad, etc. La verdad es que no había pasado por mi cabeza la posibilidad de verme sentado en el coche enseñando las piernas por debajo de una falda, con unas medias puestas. Fue una imagen que me gustó y pensé en ella más tarde una vez estuve ya en mi cama.Finalmente llegamos a casa, y ya con la almohada al lado fui haciendo un poco de balance de la noche. Llegué a la conclusión de que es la imaginación lo que más deseos levantaba en mí, ya que me sentía muy bien en los momentos en que sabía lo que llevaba puesto, pero en los momentos que no pensaba en ello me sentía como en cualquier otro instante de cualquier dia vestido de hombre. Y por esto mismo, me imagino que si estuviera en mi (y en cualquier hombre) la posibilidad de poder escoger cada dia el vestuario a ponerse (falda, pantalón, calcetín, medias, ...etc) sin haber distinción del mismo por el sexo de cada uno, seguramente no tendría esta afición, y quizás incluso le daría mucha menos importancia a todo ello. Pero la sociedad tiene unas reglas para el vestuario en función del sexo, y si alguien se las quiere saltar tiene que hacerlo a escondidas (normalmente) y por ello el deseo de hacerlo aumenta.
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Hola, Bibi, me alegro de encontrar a alguien con mis mismas aficiones.
ResponderEliminarme agrado, realmente no eh tenido la oportunidad de salir vestida en alguna situacion que sea muy normal para todos, aunque espero algun dia lograr hacerlo
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