miércoles, 18 de febrero de 2009

III. Pequeños sustos inevitables

Y así seguí, poniendo en práctica mi afición durante cuatro o cinco años más desde entonces, con altibajos en el tiempo. Había temporadas en que me apetecía mucho hacerlo y otras en que me resultaba indiferente. Supongo que es como los ciclos emocionales, etapas eufóricas se suceden de etapas de decaimiento.
Lo cierto es que llevaba a cabo esta afición sólo para mi total intimidad. Nadie estaba al corriente de ello, aunque confieso que en un par o tres de ocasiones no fui descubierto de verdadero milagro. En un par de ellas recuerdo que mis padres regresaron a casa cuando aún llevaba puesta alguna prenda de mujer. En una ocasión llevaba aún puestas una falda y unos pantys y, cuando oí que abrían la puerta de entrada, me fui rápidamente a mi habitación y me lo quité todo rápidamente dejándolas de cualquier manera en mi armario. Lo pasé fatal hasta que pude ponerlas todas bien plegadas y en su sitio, es decir, en el armario de mi madre. Pasaron horas hasta entonces y estaba atemorizado por si a mi madre le daba por abrir mi armario por cualquier motivo, ya que hubiera encontrado en él su ropa, y ya me imagino su pregunta: “¿qué hace mi ropa aquí dentro?”. ¿Qué respuesta podría haberle dado en ese momento? Ufff.
En otra ocasión no tuve tiempo ni de quitarme lo puesto y acabé poniéndome un pantalón encima de los pantys que llevaba. En ocasiones me he preguntado si realmente mi madre no echó nunca a faltar alguna de sus prendas o no las encontró en alguna ocasión desordenadas en sus cajones.
La última ocasión en que estuve a punto de ser descubierto estaba totalmente maquillado y recuerdo que me encerré rápidamente en el baño y comencé a lavarme la cara de maquillaje a toda velocidad intentando no dejar correr durante demasiado rato el agua para no levantar sospechas. Supongo que algún resto de pintura debió quedar en mi cara, ya el agua tampoco hace milagros con ella, así que intente no encontrarme de cara con mis padres y salí a dar un paseo.
Pero, a pesar de todos estos sustos, no abandoné mi afición. El magnetismo que ejercía sobre mí esa figura mía de mujer ante el espejo era demasiado grande.
Y así seguí, hasta que a los 18 años aproximadamente, se me presentó sin querer la primera oportunidad de ir vestido de mujer por la calle. Fue la primera y última vez.

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