Es inevitable, y especialmente a estas horas de un viernes tarde en que las chicas suelen ir más vestiditas por aquello de que ya comienza el fin de semana. Oir el taconeo de alguna compañera de trabajo me despierta ese no se qué, una corriente de sensibilidad que tenía dormida. Ese toc, toc, retoc, toc repiqueteante de los tacones me despierta unas ganas enormes de poder llevar yo esos zapatos. Con esas ganas y un deseo reprimido me he quedar. Lo que disfrutaría yo ahora con unos tacones puestos en mi puesto de trabajo.
P
ero ya se sabe, no es recomendable hacerlo.
P
ero ya se sabe, no es recomendable hacerlo.
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