Desde entonces, lo que más esperaba era que llegasen los fines de semana, para estar con ella y encontrar un momento en el que poder disfrutar como mujer a su lado.
Pasaba toda la semana en el trabajo con momentos en que sentía una fuerte necesidad de travestirme, sobretodo cuando oía el taconeo de alguna empleada o veía lo bien que lucía alguna de las compañeras. Eso despertaba aún más mis ganas, y lo iba acumulando durante toda la semana. Hasta que llegaba el sábado o domingo y podía aliviarme de la sensación junto a ella. Iba a su armario, me transformaba en mujer, y pasaba unas horas junto a ella tal cual.
Pero no siempre querer era poder. Había fines de semana en que no podía satisfacer mi necesidad, bien porque ella tenía visitas en su domicilio, bien porque teníamos otras cosas que hacer que lo impedían, o bien porque las amistades con las que quedábamos para salir no sabían de mi situación. Entonces yo lo pasaba mal, habiendo de cargar con esa necesidad dentro mí, no pudiendo dejar manifestar mi yo ni mostrarme como me apetecía. Era una mala influencia para mi carácter, ya que no podía actuar con naturalidad en esas circunstancias, y por tanto poder ser yo mismo. Estos fines de semana “desaprovechados” hacían que comenzara la siguiente semana con humor y moral más bajos y ariscos, consecuencia lógica de llevar aún dentro todo aquello que no había podido liberar. Y cuando esto mismo ocurría más de dos semanas consecutivas, la necesidad se transformaba ya en angustia, en ansia, en necesidad de primer orden, y mi comportamiento y actuaciones en sociedad ya no eran los naturales en mi.
Los primeros meses fueron con semanas de ambas maneras; unas con transformación y otras sin poderlo hacer. Ya me conformaba con ello. Afortunado me sentía de poderlo compartir y ser cómplice con mi pareja ni que fueran dos instantes al mes; aunque lógicamente me hubiera gustado más. Incluso hicimos alguna salida corta esporádica a la calle para no haberme de desvestir por solo unos minutos y volver a vestirme después.
En otras ocasiones, sin embargo, cuando disponía de tiempo y espacio, me daba pereza travestirme por todo el ritual y tiempo que conlleva. Es decir, que tampoco pude aprovechar (aquí por decisión propia y no de agentes externos) todo el tiempo posible la posibilidad de cambiarme. Pero a fin de cuentas, llevaba esta dualidad hombre-mujer más o menos controlada y satisfecha.
El momento culminante fue cuando recibí por su parte, un vestido como regalo de mi aniversario. Mi idea fue en la próxima salida estrenarlo con ella; pero cosas de la vida, a partir de aquí la cosa comenzó a cambiar y ponerse más difícil. Tal es así, que hasta el dia de hoy, y ya han pasado dos años desde que escribo esto, aún no lo he podido estrenar.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario