Una nueva aerolínea tailandesa se convirtió en la primera en contratar a transexuales para que se desempeñen como azafatas. El nuevo equipo de asistentes de cabina de la compañía PC Air estará compuesto por 19 mujeres, siete hombres y cuatro transexuales.
La compañía accedió a romper todos los esquemas tras recibir más de 100 solicitudes de travestis y transexuales para realizar ese trabajo. Las azafatas se mostraron contentas por la noticia, pero confesaron que tendrán una mayor presión, ya que todas las miradas de los pasajeros estarán puestas sobre ellas mientras realicen sus tareas, algo que les exigirá desempeñarse mejor que al resto.
El presidente de la compañía, Peter Chan, señaló que aunque tienen una política de igualdad, las entrevistas con estas nuevas empleadas fueron más largas de lo normal, pues tuvo que asegurarse de que realmente tuvieran personalidad femenina para ocupar el rol que deberán cumplir dentro de la nave. Además, al igual que al resto, se les exigió que sepan hablar idiomas con claridad y ser capaces de dar una buena atención a los clientes.
jueves, 17 de febrero de 2011
miércoles, 27 de octubre de 2010
Rol dual
A medida que va pasando el tiempo, cada vez lo tengo más claro. Creo que en mi dia a dia me desenvolvería mejor como mujer que como hombre.
No soy el estereotipo típico de hombre que se cree por encima de las mujeres, o que va tras ellas como único objetivo de ligue; no las acoso ni me intento aprovechar de la situación; simplemente me encuentro bien entre ellas. Quien haya estado conmigo lo puede certificar.
No sólo no acoso, sino que por el hecho de ser travesti soy yo el que los soporta por parte de otros hombres. No me siento identificad@ con ese compartimiento “masculino”.
Prefiero, porque he comprobado que me adapto más, estar en medio de las charlas que puedan tener las mujeres que en la de los hombres tipo machista.
Maquillad@ y enfundad@ de vestuario femenino me siento más confortable y bien espiritualmente, y máxime cuando lo hago entre mujeres.
Sin embargo, hay días también que por estado de ánimo, estrés, etc, me siento bien en mi papel de hombre, el que me toca llevar a cabo habitualmente. Y depende también del lugar y circunstancias en las que me encuentre me siento más identificad@ en uno u otro rol.
Sin duda alguna, tengo un rol dual, y es una lástima no poderlo explotar en cualquier espacio y tiempo por motivos laborales y sociales. No todo ser humano tiene ese potencial de ser un dos en uno, pero la ventaja del que no lo tiene es que no está alienado con el otro por, ignorar su existencia y poder de este modo vivir en paz consigo mismo, sin frustración
No soy el estereotipo típico de hombre que se cree por encima de las mujeres, o que va tras ellas como único objetivo de ligue; no las acoso ni me intento aprovechar de la situación; simplemente me encuentro bien entre ellas. Quien haya estado conmigo lo puede certificar.
No sólo no acoso, sino que por el hecho de ser travesti soy yo el que los soporta por parte de otros hombres. No me siento identificad@ con ese compartimiento “masculino”.
Prefiero, porque he comprobado que me adapto más, estar en medio de las charlas que puedan tener las mujeres que en la de los hombres tipo machista.
Maquillad@ y enfundad@ de vestuario femenino me siento más confortable y bien espiritualmente, y máxime cuando lo hago entre mujeres.
Sin embargo, hay días también que por estado de ánimo, estrés, etc, me siento bien en mi papel de hombre, el que me toca llevar a cabo habitualmente. Y depende también del lugar y circunstancias en las que me encuentre me siento más identificad@ en uno u otro rol.
Sin duda alguna, tengo un rol dual, y es una lástima no poderlo explotar en cualquier espacio y tiempo por motivos laborales y sociales. No todo ser humano tiene ese potencial de ser un dos en uno, pero la ventaja del que no lo tiene es que no está alienado con el otro por, ignorar su existencia y poder de este modo vivir en paz consigo mismo, sin frustración
lunes, 25 de octubre de 2010
martes, 20 de julio de 2010
III. Y el real
Tal fue la interconexión y afinidad que conseguí con algunas, todas del género femenino, que con un par de ellas llegamos a quedar para conocernos en persona, pero con la condición de que yo fuera vestido de mujer, condición impuesta por ellas supongo que para que yo me reafirmara en mi condición y me sintiera mejor. ¡¡Y tanto que sí!! Para mí era la mejor manera de sentirme integrado; estar con una mujer, amiga, vestido como ella tranquilamente. Me reconfortaba al tiempo que excitaba enormemente el poder vivir esa sensación.
Con una de ellas pasamos una tarde en mi casa (era día de carnaval pero la lluvia impidió la salida que teníamos prevista), e incluso llegamos a intercambiar ropa aunque no tuviéramos la misma talla. Meses después, con la otra me vestí para la ocasión sin más, pero tuvimos una hora de amena charla. Ya no he vuelto a quedar con ese fin desde entonces por motivos varios.
Por culpa de la puñetera lluvia, en esa primera cita me quedé con enormes ganas de haber salido a la calle vestido de chica tal como habíamos previsto con mi amiga. Así que el sábado siguiente por la tarde, aprovechando que aunque no era ya carnaval sólo hacía dos días que había concluido y aún alguna que otra celebración se hacía por ahí, decidí apaciguar mi ansia, mis deseos que se quedaron a medio hacer aquella tarde y me vestí en casa pero con intención de bajar a dar una vuelta yo sólo. Caía una ligera lluvia muy fina y pensé que eso aún me ayudaría más en mi atrevimiento, ya que con un paraguas en mano sería más fácil ocultarse si llegara el caso. Una mezcla de nerviosismo y excitación me hacían temblar ligeramente cuando iba a abrir la puerta de mi casa pero me armé de valor, salí al vestíbulo y cerré la puerta tras de mi sin girar la cabeza; que sea lo que el destino quiera, pensé. Comencé a bajar las escaleras y el taconeo de las botas que llevaba puestas ponía en marcha una corriente excitante en mi interior y a flor de piel. Muy nervioso iba bajando los tres pisos pensando en no encontrarme con algún vecino hasta llegar al portal; este hecho aumentaba aún más mi excitación y nerviosismo. Finalmente llegué hasta la calle sin incidencias durante el descenso; y, con la vista mirando al suelo, cosa supongo que normal por ser mi primera salida, comencé a caminar en la semioscuridad de la tarde de invierno por mi barrio. No es que me avergonzara pero el hecho de poderme encontrar a algún conocido o vecino, hizo que como inútil protección (por aquello de que lo que no veo parece que no me pueda ver) no levantara prácticamente la vista del suelo. Como anécdota, llegué a un tramo estrecho de la acera por la que transitaba en la que sólo cabía un peatón y fui a coincidir de frente con una mujer, que amablemente me cedió el paso y me saludó con un “adios”. Ufff, que bien me sentí al notar que con toda naturalidad se dirigían a mí. Sólo fue una vuelta a la manzana, pero subí a mi casa exhultante, aunque sin poder haber gozado de verdad el momento en todo su esplendor debido a los nervios y “temores” propios de la primera vez.
Meses más tarde, en los inicios del otoño y también cuando comenzaba a oscurecer salí de nuevo, esta vez con la cabeza un poco más alta, y hasta tuve el valor de sentarme durante un rato en el banco de un parque que no estaba muy transitado. Que gozo me producía verme ahí en el banco mostrando mis piernas, aunque sin haberme librado aún de los nervios de la primera vez. Un comentario de unos chicos jóvenes desde un coche y un hombre al que le picaba la curiosidad y que noté que me observaba desde un extremo del parque son las únicas anécdotas de esta salida de un cuarto de hora.
Al mismo tiempo, más bien posteriormente, un par de amigas especialmente, y por separado, se ofrecieron de manera desinteresada para ayudarme a transformarme y salir conmigo una tarde. Dificultad o demoras que acostumbran a acontecer y de las que luego nos arrepentimos hicieron que finalmente no se pudiera hacer; pero se lo agradezco enormemente, ya que me hubiera gustado mucho hacerlo, y aún espero que algún día pueda coincidir con ellas y cumplirlo.
Con una de ellas pasamos una tarde en mi casa (era día de carnaval pero la lluvia impidió la salida que teníamos prevista), e incluso llegamos a intercambiar ropa aunque no tuviéramos la misma talla. Meses después, con la otra me vestí para la ocasión sin más, pero tuvimos una hora de amena charla. Ya no he vuelto a quedar con ese fin desde entonces por motivos varios.
Por culpa de la puñetera lluvia, en esa primera cita me quedé con enormes ganas de haber salido a la calle vestido de chica tal como habíamos previsto con mi amiga. Así que el sábado siguiente por la tarde, aprovechando que aunque no era ya carnaval sólo hacía dos días que había concluido y aún alguna que otra celebración se hacía por ahí, decidí apaciguar mi ansia, mis deseos que se quedaron a medio hacer aquella tarde y me vestí en casa pero con intención de bajar a dar una vuelta yo sólo. Caía una ligera lluvia muy fina y pensé que eso aún me ayudaría más en mi atrevimiento, ya que con un paraguas en mano sería más fácil ocultarse si llegara el caso. Una mezcla de nerviosismo y excitación me hacían temblar ligeramente cuando iba a abrir la puerta de mi casa pero me armé de valor, salí al vestíbulo y cerré la puerta tras de mi sin girar la cabeza; que sea lo que el destino quiera, pensé. Comencé a bajar las escaleras y el taconeo de las botas que llevaba puestas ponía en marcha una corriente excitante en mi interior y a flor de piel. Muy nervioso iba bajando los tres pisos pensando en no encontrarme con algún vecino hasta llegar al portal; este hecho aumentaba aún más mi excitación y nerviosismo. Finalmente llegué hasta la calle sin incidencias durante el descenso; y, con la vista mirando al suelo, cosa supongo que normal por ser mi primera salida, comencé a caminar en la semioscuridad de la tarde de invierno por mi barrio. No es que me avergonzara pero el hecho de poderme encontrar a algún conocido o vecino, hizo que como inútil protección (por aquello de que lo que no veo parece que no me pueda ver) no levantara prácticamente la vista del suelo. Como anécdota, llegué a un tramo estrecho de la acera por la que transitaba en la que sólo cabía un peatón y fui a coincidir de frente con una mujer, que amablemente me cedió el paso y me saludó con un “adios”. Ufff, que bien me sentí al notar que con toda naturalidad se dirigían a mí. Sólo fue una vuelta a la manzana, pero subí a mi casa exhultante, aunque sin poder haber gozado de verdad el momento en todo su esplendor debido a los nervios y “temores” propios de la primera vez.
Meses más tarde, en los inicios del otoño y también cuando comenzaba a oscurecer salí de nuevo, esta vez con la cabeza un poco más alta, y hasta tuve el valor de sentarme durante un rato en el banco de un parque que no estaba muy transitado. Que gozo me producía verme ahí en el banco mostrando mis piernas, aunque sin haberme librado aún de los nervios de la primera vez. Un comentario de unos chicos jóvenes desde un coche y un hombre al que le picaba la curiosidad y que noté que me observaba desde un extremo del parque son las únicas anécdotas de esta salida de un cuarto de hora.
Al mismo tiempo, más bien posteriormente, un par de amigas especialmente, y por separado, se ofrecieron de manera desinteresada para ayudarme a transformarme y salir conmigo una tarde. Dificultad o demoras que acostumbran a acontecer y de las que luego nos arrepentimos hicieron que finalmente no se pudiera hacer; pero se lo agradezco enormemente, ya que me hubiera gustado mucho hacerlo, y aún espero que algún día pueda coincidir con ellas y cumplirlo.
lunes, 10 de mayo de 2010
Necesidad in crescendo
Es una contrariedad, pero se soporta, el planificar y tener preparado todo el vestuario para travestirte un día, y llegado el mismo no poder realizarlo. Pienso, mala suerte, otro día será.
Aprieto los labios, pero aguanto, cuando de nuevo la misma planificación para otro día tampoco acaba por hacerse realidad. Pienso, la próxima ya sí, dos veces ya es casualidad.
Frunzo el ceño cuando me ocurre lo mismo por tercera vez. No hay dos sin tres dicen, y esta vez se cumple el dicho. Ya me comienza a afectar, pero pienso, que cuatro veces ya sería demasiado; con este pensamiento me tranquilizo un poco.
Cuarta vez. Tampoco he podido. ¿Será un maleficio? Ahora ya no es casualidad que no se hayan dado las circunstancias adecuadas; ahora es ya una fatalidad. Ya comienzo a desesperarme un poco. En fin, llevaré lo mejor posible no exteriorizar lo que necesito, pero el gusano en el estómago ya se convierte en serpiente que comienza a serpentear.
Quinta, sexta y enésima vez. No hay manera. Por más que cada ocasión parecía la propicia, a medida que se acercaba el momento se difuminaba la posibilidad. Y una especie de fustración se va apoderando de mi.
Pienso, no voy a hacer más planes, y cuando surja el momento lo cumpliré. Pero no es tan fácil. Por ley de Murphy, el momento surgirá cuando no tenga el material preparado, y después me maldeciré a mi mismo a parte de la mala suerte. No queda más que aguantar, ir acumulando en mi interior ese deseo en aumento, esa ya casi necesidad que a medida que pasa el tiempo se convierte en prioridad sobre otras cosas del día a dia.
Prioridad, necesidad son conceptos que denotan preferencia y que merecerían que se les abriera paso. La barrera del paso a nivel sin embargo parece atascada y no se eleva. No poder pasar bajo ella me oprime, mi limita el movimiento, impide avanzar. Ello conlleva ahogo. Vivo casi pendiente de ello, y hasta que no lo consigo mi comportamiento, humor, estado, afectividad, etc se muestran afectados. No soy yo porque no puedo expresarme tal cual soy.
Si mi “parte femenina” no puede expresarse y vivir en paz consigo misma, mi “parte masculina” tampoco y se muestra afectada; y ambas viven alteradas, de manera antinatural. ¿Por qué ha de ser tan difícil estar bien con uno mismo?
Naturalidad; que fácil parece ser natural, qué difícil conseguirlo; máxime en casos que pueden no ser comprensibles para quienes nos rodean.
Aprieto los labios, pero aguanto, cuando de nuevo la misma planificación para otro día tampoco acaba por hacerse realidad. Pienso, la próxima ya sí, dos veces ya es casualidad.
Frunzo el ceño cuando me ocurre lo mismo por tercera vez. No hay dos sin tres dicen, y esta vez se cumple el dicho. Ya me comienza a afectar, pero pienso, que cuatro veces ya sería demasiado; con este pensamiento me tranquilizo un poco.
Cuarta vez. Tampoco he podido. ¿Será un maleficio? Ahora ya no es casualidad que no se hayan dado las circunstancias adecuadas; ahora es ya una fatalidad. Ya comienzo a desesperarme un poco. En fin, llevaré lo mejor posible no exteriorizar lo que necesito, pero el gusano en el estómago ya se convierte en serpiente que comienza a serpentear.
Quinta, sexta y enésima vez. No hay manera. Por más que cada ocasión parecía la propicia, a medida que se acercaba el momento se difuminaba la posibilidad. Y una especie de fustración se va apoderando de mi.
Pienso, no voy a hacer más planes, y cuando surja el momento lo cumpliré. Pero no es tan fácil. Por ley de Murphy, el momento surgirá cuando no tenga el material preparado, y después me maldeciré a mi mismo a parte de la mala suerte. No queda más que aguantar, ir acumulando en mi interior ese deseo en aumento, esa ya casi necesidad que a medida que pasa el tiempo se convierte en prioridad sobre otras cosas del día a dia.
Prioridad, necesidad son conceptos que denotan preferencia y que merecerían que se les abriera paso. La barrera del paso a nivel sin embargo parece atascada y no se eleva. No poder pasar bajo ella me oprime, mi limita el movimiento, impide avanzar. Ello conlleva ahogo. Vivo casi pendiente de ello, y hasta que no lo consigo mi comportamiento, humor, estado, afectividad, etc se muestran afectados. No soy yo porque no puedo expresarme tal cual soy.
Si mi “parte femenina” no puede expresarse y vivir en paz consigo misma, mi “parte masculina” tampoco y se muestra afectada; y ambas viven alteradas, de manera antinatural. ¿Por qué ha de ser tan difícil estar bien con uno mismo?
Naturalidad; que fácil parece ser natural, qué difícil conseguirlo; máxime en casos que pueden no ser comprensibles para quienes nos rodean.
jueves, 8 de abril de 2010
miércoles, 13 de enero de 2010
Influencia negativa
Influye, claro que sí.
A esta conclusión he llegado después de hacer un autoanálisis sobre mi comportamiento en las ocasiones en que no he conseguido satisfacer mi deseo.
¿A qué me refiero? Pues a esa necesidad que me sobreviene sin preaviso alguno de travestirme y no poder satisfacerla. No es tantol el problema el no poderla llevar a cabo en ese preciso instante (que también, pero se sobrelleva mejor), sino el problema o trastorno al que me voy a referir radica en no poder cumplirla tampoco en días posteriores. Sabiendo ya por experiencia que esta necesidad perdura durante unos cuantos días, y que debido a las circunstancias laborales, etc del día a día es difícil “transformarme” en mujer, planeo entonces hacerlo el próximo fin de semana, por ejemplo. Si lo consigo, feliz y content@ y mirando hacia delante. Si no lo consigo.....ahí surge el trastorno; no miro hacia delante del mismo modo, mis cinco sentidos están pendientes de realizar esa transformación y cualquier relación social en la que esté involucrado está influenciada por esa necesidad insatisfecha. Mi pensamiento está atrapado en ella y no deja que mi “yo” social y humano fluya natural.
Resultado: mi ansia crece y mi carácter se modifica, esclavo de ella.
En consecuencia, con ese lastre negativo no actúo como lo haría normalmente.
Influye, claro que sí.
A esta conclusión he llegado después de hacer un autoanálisis sobre mi comportamiento en las ocasiones en que no he conseguido satisfacer mi deseo.
¿A qué me refiero? Pues a esa necesidad que me sobreviene sin preaviso alguno de travestirme y no poder satisfacerla. No es tantol el problema el no poderla llevar a cabo en ese preciso instante (que también, pero se sobrelleva mejor), sino el problema o trastorno al que me voy a referir radica en no poder cumplirla tampoco en días posteriores. Sabiendo ya por experiencia que esta necesidad perdura durante unos cuantos días, y que debido a las circunstancias laborales, etc del día a día es difícil “transformarme” en mujer, planeo entonces hacerlo el próximo fin de semana, por ejemplo. Si lo consigo, feliz y content@ y mirando hacia delante. Si no lo consigo.....ahí surge el trastorno; no miro hacia delante del mismo modo, mis cinco sentidos están pendientes de realizar esa transformación y cualquier relación social en la que esté involucrado está influenciada por esa necesidad insatisfecha. Mi pensamiento está atrapado en ella y no deja que mi “yo” social y humano fluya natural.
Resultado: mi ansia crece y mi carácter se modifica, esclavo de ella.
En consecuencia, con ese lastre negativo no actúo como lo haría normalmente.
Influye, claro que sí.
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